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¿Tenía que ser de Colón?

El tipo se paró frente al empequeñecido arco del Mineirao. Las manos en la cintura, como en el campito. Una multitud silenciosa esperaba su error. Un error que fuera la consecuencia del temor. Del pánico escénico. De la presión que suponía tener en sus pies la posibilidad de igualar las cosas, frente a un gigante que los venía sometiendo en el juego.

Estaba ahí el tipito. Un metro y medio, con suerte. Más cerca de los 40 que de los 30. En las antípodas del glamour del fútbol actual. El pantaloncito corto, a lo Housemann. La camiseta desprolijamente metida adentro. Y tomó carrera, corta. Y cuando el arquero se jugó a la izquierda, sacó un zapatazo impropio de su hambriento aspecto, y la puso bien abajo, en el angulo, donde nadie limpia, infló la red y salió gritando al cielo. Como en el campito. Cómo en su Tucumán natal, cómo sacado de un viejo álbum de figuritas, contrastando con la modernidad de las pantallas de led que publicitaban lo que todo el mundo ignoró, apenas entró la pelota y el mayoritario público del remozado Mineirao, calló profundamente. Y una ola de cinco mil gargantas cansadas bajó a abrazarlo.

Si. Luis Miguel Rodríguez, La Pulga. Venía de en enterrar a su padre, apenas unos días atrás. Y al final, en la definición por penales, regaló otra escena para la historia: pateó a la izquierda, amagando, y antes de que la pelota entrará, sonrió. Y después, cuando su compañero de arco, Leonardo Burian, detuvo el segundo penal que les dió el pase histórico a la final, se abrazaron en un llanto interminable. En el que se encontraron la memoria del hermano del arquero fallecido hace quince días en un accidente de autos, y el padre del Pulga.

Maldita sea, el azar de los pases y la gloria. Mientras la ciudad que habito estalló en celebraciones interminables, negocios cerrados en la mañana «por felicidad», circulación de imágenes que no paran de recordarnos la hazaña, los hinchas de Unión- esa parte indispensable de la mística de clubes- nos quedamos en silencio, y maldiciendo el destino. O peor, la gloria del adversario. La fortuna de haber dado con un jugador como el Pulga, que parece sacado de una serie de dibujos animados. De una serie de marginales dirigida por Caetano. De la vieja Belho Horizonte, donde brillaron Dadá Maravilha, Jairzinho, el Ronaldo gordo, y el Dinho también.

¿ Tenía que ser de Colón?

Eso no le importa a los sabaleros que siguen festejando su paso a una final que no tiene antecedentes. Es de Colón, y en apenas unos meses se hizo gigante, y se puso a la atura de los más grades de su historia. La Pulga ya está en pedestal del Bichi, la Chiva Di Meola, Cococho o el Poroto Saldaño.

Nosotros, los tatengues, lo seguimos lamentando. Pero con el tono rezongón de Salieri mientras miraba las partituras de Amadeus… «Lo odio, pero que bien lo hace»

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