El gobierno nacional, una vez más, como casi todos los gobiernos que lo antecedieron, eligió cambiar el nombre del Centro Cultural Néstor Kirchner, para marcar una diferencia de época. Pobres ellos. No entienden que los espacios públicos, por manoseados que sean, serán siempre lo que simbolicen para la sociedad y no para lo que impongan los funcionarios pasajeros. La fantasiosa idea de que desde el presente se pueden establecer mojones culturales, es un error que comparten todos los populismos: que la fuerza mata a las ideas. Y que la memoria, se puede resetear.
Me los imagino carcajeando en una mesa regada de vinos y restos de comida, imaginándose el enojo de los adversarios de turno. En este caso, las palabras serán diferentes a las que se usaron unos años atrás, cuando otros, en los mismos términos, decidieron ofender a otros adversarios, imponiendo un nombre que los jodiera.
Nunca los nombres de los espacios públicos pueden ganarle al tiempo. Serán siempre temporales y frágiles. O serán nombres muertos, carentes de todo sentido de la historia, como centenares de nombres de calles y pueblos, a lo largo y a lo ancho del país.
La imposición de un nombre, no es un mero capricho del gobernante de turno. La inconciencia de sus propias fugacidades les impide comprender que las decisiones que toman, tendrán el ligero peso de una pluma que se volará con los próximos cambios de vientos. Las sensaciones de infinitud que les ofrece el presente, esa ráfaga de perfume popular, les impide entender que el poder político tiene la misma duración que el alquiler de un departamento de dos ambientes.
Pero insisten en convertirse en refundadores. Cambian los nombres, y se autocelebran los más importantes del siglo, los mejores del mundo. Se autoperciben como parte de un cuadro histórico, y se imaginan pintados en el mismo tamaño de aquellos que sí pasaron a la historia y se consolidaron en la memoria colectiva, a pesar de que algunos los sigan impugnando.
Unas sueñan con ser un mural iluminado en la 9 de Julio, otros creen que serán monumentos ilustres, como Rocas o Sarmientos. Ninguno de ellos será historia verdadera del país, reivindicados como próceres, hasta que efectivamente lo sean. Hasta que el paso del tiempo, los efectos de sus obras, la conciencia colectiva de sus acciones lo consagren.
Eso sólo lo dan las décadas, y la memoria colactiva. La posibilidad de un contexto y una perspectiva, que en general, terminan obteniendo aquellos que ni siquiera pensaron en su posteridad: Que valgan los finales empobrecidos y solitarios de los San Martines, Belgranos, Sarmientos y Rosas, sólo por citar ejemplos, que nunca disputaron la memoria inmortal, que nunca imaginaron la coronación de sus pueblos con el paso de los siglos.
Pobres. De verdad creen que pueden escribir o reescribir la historia. Ubicarse en lugares que probablemente ocupen, pero probablemente no. No son dueños del imaginario popular, ni podrán establecer reglas que sean respetadas más allá de sus tiempos en las poltronas del módico poder.
Hay miles de nombres que no llevan monumentos, ni denominaciones de centros culturales, ni calles, ni garitas de colectivos, ni estaciones de trenes, ni hospitales, ni escuelas, que están presentes en las arterias de los argentinos. Nombres que no ofenden a nadie, que provocan muecas de ternura o carcajadas, caras que con sólo mirarlas, nos obligan a sonreír sin la necesidad de dar ninguna explicación. Esos señores y señoras, que nos ayudan a explicar el pasado cuando hablamos con nuestros hijos y nietos. Apellidos que nos ayudaron a ser conocidos en el mundo entero. Que nos conmovieron. Leyendas que representan al país, sin vergüenza alguna, en el mundo entero.
La política, salvo aquella que estableció las primeras pinceladas de un país, o la que cambió efectivamente – nos guste o no- la vida de millones de personas ( caben aquí los nombres de Eva y Juan Perón, Hipólito Irigoyen, y algunos otros pocos elegidos) es poco productiva a la hora de representar felicidad o triunfos definitivos.
El arte, la ciencia y el deporte, claro, serán siempre las principales usinas de personalidades que habitarán por siempre la memoria y la sensibilidad de los pueblos que pudieron celebrar sus obras, sus hallazgos y sus logros.
¿ Creen de verdad que el nombre de un ex presidente fallecido hace dos semanas históricas o la asignación de una palabra, que por universal no deja de ser asociada temporalmente a una consigna electoral, pueden ser instalados de manera definitiva en la conciencia de la mayoría de los habitantes de un lugar?
Se equivocan.
Favaloro, Olmedo, los Les Luthiers, Astor Piazzolla, Horacio Salgán, Juan Manuel Fangio, Houssey, Leloir, Milstein, Carlos Gardel, Minguito Altavista, el Negro Fontanarrosa, Pinky, Cacho Fontana, Juan Alberto Badía, Blackie, Antonio Carrizo, Tita Merello, Libertad Lamarque, Nini Marshall, Fidel Pintos, Berni, Juan Carlos Mesa, Quinquela, Diego, Atahualpa, La Negra Sosa, el Flaco Spinetta, el «otro» Maradona, Favio, la Bemberg, Borges, Ernesto Sábato, Cacho Castaña, Quino o su Mafalda o el humorista «verde» Pepitito Marrone, sólo por hacer una primera lista y de memoria, lo merecen más que cualquiera de los intentos de inmortalidad que persiguen estos débiles de espíritu, que quieren vivir lo que sólo la muerte y el tiempo, mucho tiempo, terminan por consagrar.
Los pueblos respetan a sus ídolos populares, les agradecen las risas, las emociones, los orgullos que le generan.
No será, seguramente, la política la que le produzca esas sensaciones.
Hay excepciones, ya lo dije, pero son sólo eso. Las que confirman las reglas.
Ponganle Marrone. Y si les parece muy vulgar, pongan Les Luthiers.
Pongan un cuadro enorme de René Favaloro, o de Tato Bores, o de Libertad Lamarque, que eran antiperonistas. Igual, esas cosas no le importan a las sensibilidades humanas. A pesar de la soberbia política.
Discépolo es universal, y ya nadie repara en su ideología. Es muy dificil que alguien repare en la afiliación comunista de Osvaldo Pugliese, a la hora de bailar con La Yumba.
Les cabe a todos los pobres idiotas que creen que el reconocimiento se implanta. Pero especialmente a los que creen que el ejercicio temporal del poder( político) les ofrece garantias de inmortalidad.
Eso no se decreta nunca.
Así que pónganle Libertad. O reinstalen el «Nestor Kirchner» si vuelven en tres años. Y si quieren, inventen relatos, libros y glorias. Compren claques, hablen sólo para quienes están dispuestos a aplaudirlos, a cambio de chorizos o sueldos en el Estado.
Pero eso no les garantiza pasar a la historia con afecto.
Eso no se decreta ni se inventa. Eso se siente en las calles y en la conciencia colectiva.
No pierdan más el tiempo. Y dedíquense a lo único para lo que la gente los votó: para gobernar y mejorarnos un poco la vida.
Y si lo consiguen, quizás sus nietos y bisnietos, puedan descubrir el monumento legítimo. El que sólo da el tiempo






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