El acto de conmemoración de la Batalla de San Lorenzo terminó siendo un reflejo bastante fiel de la realidad argentina. La banda no logró una interpretación precisa del Himno Nacional. Los locutores, apurados, cometían errores al leer. El público, dividido en parcialidades, aplaudía o silbaba según sus afinidades. Todo parecía guionado, poco ensayado y débilmente ejecutado. Una puesta en escena de bajo nivel, con escaso cuidado estético, poco sentido común y ninguna aspiración trascendental.

Las redes sociales se encargaron, antes, durante y después, de amplificar lo negativo de un acto que ya mostraba fisuras. Incluso un caballo de los Granaderos terminó convirtiéndose en una imagen involuntaria de rebeldía al caer a metros de un presidente visiblemente alterado.

Todos parecían incómodos, posando y tratando de disimular lo evidente. El acto funcionó como un verdadero tubo de ensayo gestual: dejó ver las tensiones internas y externas del gobierno nacional; expuso a un gobernador condicionado por decisiones ajenas, forzado a una simpatía poco natural; y mostró a un público convocado con espíritu de claque, dispuesto a celebrar cualquier gesto, aun cuando rozara el desatino.

¿O no resulta llamativo ver al presidente correr, desordenado, con paso torpe y los brazos extendidos, dejando al descubierto sus prendas íntimas —de material poco claro—, mientras su custodia lo seguía entre sorpresa, preocupación y una inevitable cuota de ironía?

Milei es, cuanto menos, una figura singular. Sus reacciones son espasmódicas y su accionar tiene un nivel de imprevisibilidad que despierta, al mismo tiempo, curiosidad y asombro.

Pidió ser el único orador del acto. Su discurso, leído con errores, estuvo lejos de convocar a la unidad y al encuentro propios de una nación que conmemora su historia. En cambio, se concentró en “clarificar para siempre” el recorrido de un sable militar que José de San Martín legó en su momento a Juan Manuel de Rosas, todo enmarcado en una interna nacional más.

“Les pido que sean exactos con las fechas. Que presten atención a las fechas”, dijo al comenzar su alocución. Sin embargo, inmediatamente habló de “los 123 años de la Batalla de San Lorenzo”. No, presidente: son 213. Si se reclama precisión, corresponde ejercerla. El error no se corrige. Se continúa. Luego menciona el “sable corno”. No corvo. Corno. Y tampoco hay rectificación. ¿ Cómo se pide exactitud si quien lo exige no para de equivocarse?

Al final, Milei —crítico del peronismo, con argumentos que en muchos casos resultan atendibles— termina incurriendo en prácticas similares a las que cuestiona: intenta reinterpretar la historia a su medida. Retoma caminos ya transitados por el kirchnerismo y busca otorgarle a su gestión un carácter de quiebre histórico que no termina de consolidarse. No hay ruptura. No hay un verdadero punto de inflexión. Nada cambia de manera sustancial.

Todo resulta, finalmente, superficial y frágil. Probablemente, con los años, este acto forme parte del anecdotario de las vergüenzas del pasado: el discurso, los errores, la corrida, la pretensión de resignificar la historia.

La historia misma parece cansada de ser manipulada por distintos revisionismos. El sable ya no es el sable: está oxidado. No corta ni pincha. No es un arma ni protegerá a nadie. Es apenas un objeto curvo de hierro que cada gobierno decidirá dónde guardar, del mismo modo en que las familias reorganizan sus recuerdos: del trastero al living, del living al cuarto de huéspedes, y de allí al lavadero, en ese rincón reservado para lo que probablemente no se vuelva a usar.

¿No sería posible dejar en paz a los próceres nacionales y, si no es demasiado pedir, intentar imitarlos aunque sea un poco?

Nadie ocupa hoy los lugares fundacionales de este país. La Argentina está fundada, tiene una historia construida con algunas glorias y también con numerosas vergüenzas. Arrastra una tradición de divisiones basadas en egos, ambiciones personales, saqueos al erario público, dictaduras, liderazgos autoritarios y dirigencias poco eficaces.

La realidad es compleja y está profundamente atomizada. Determinar cuáles son los temas centrales del día o de la semana se vuelve una tarea agotadora. ¿Cuál de todos estos debates merece mayor atención?

Mire, Presidente: existen problemas profundos. La pobreza, un deterioro cultural que compromete el futuro y una sensación de estancamiento persistente. Y, sin embargo, el eje vuelve a ser el sable corvo. O las acciones de un grupo de jóvenes , de hace sesenta años.

Lo que hace falta es generosidad y grandeza. Dirigentes capaces de bajarse del pequeño pony, de abandonar imposiciones y sobreactuaciones, y de aprovechar momentos como este para construir acuerdos, promover la paz social y plantear salidas que, aunque resulten incómodas o discutibles, permitan al menos vislumbrar algún horizonte de esperanza para una sociedad que anhela vivir en paz.

Hay algo que muchos dirigentes argentinos ignoran —o prefieren ignorar—: nadie los necesita de manera esencial. Sus presencias o ausencias, si no traen consigo cambios concretos, tienen poco impacto en la vida cotidiana.

Da lo mismo dónde se guarde el sable de San Martín si la inflación no baja.

Importa poco el relato del pasado cuando los impuestos, los servicios y los precios aumentan día tras día.

No conmueve el discurso histórico de ningún dirigente si los salarios pierden poder adquisitivo, si cierran fábricas y si no aparecen señales claras de recuperación económica.

El acto de San Lorenzo fue, en muchos sentidos, lo contrario de lo que un ciudadano común espera de la política.

Las costuras quedaron a la vista. Las pequeñeces en las que se invierte tiempo resultan evidentes. Demasiada gestualidad para tan poca acción.

A Milei, como a todos los dirigentes que gobiernan este país, de poco le servirán las estadísticas oficiales para refutar críticas periodísticas o las campañas publicitarias, si no logra transformar algún aspecto concreto de la realidad en una expectativa genuina.

Hoy, el optimismo de una parte de la sociedad se apoya casi exclusivamente en el rechazo al pasado reciente. No hay razones concretas para que esas expectativas se conviertan en certezas.

No hay margen para la frivolidad ni para la especulación permanente, ni para actuar solo en función de ventajas circunstanciales.

El tiempo avanza y oxida las articulaciones. Ninguna estrategia de marketing político puede evitarlo. Postergar decisiones no es ganar tiempo; es perderlo.

No hay traslado de sables que modifique la realidad. Ni discursos capaces de cambiar el pasado.

No hay batalla cultural que altere las sensaciones de una sociedad que, simplemente, espera soluciones.


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