Son atemporales, unen acontecimientos inconexos, aislados y asombrosos. Sobreviven a las décadas, a los gobiernos y a las instituciones. Los que intentamos cruzarlas, nos frustramos. El poder, está por encima de cualquier prueba, voluntad o razón. Sus protegidos son intocables. Y si aparecen pruebas contundentes contra ellos, el silencio se apodera del ambiente. Y pasamos de página, por las dudas.
Pasa en Santa Fe, pero pasa en todo el mundo. Aunque esa generalidad, se convierta en consuelo de tontos. Pero aquí, como ocurre en las aldeas chicas, lo que sobreviene es el susurro. El guiño cómplice disimulado. La sonrisa canchera del «bien ahí, pero conmigo no cuentes»
Hablamos de corrupción, claro. De acciones ilegales o inmorales. De negocios sucios o que no se pueden explicar.
Hace unas décadas los santafesinos creímos que habíamos roto el cerrojo. Fue cuando nos animamos a denunciar a Monseñor Storni. Cuando tras la inundación, nos animamos a reclamar justicia. Cuando alguno se animó a desempolvar el Informe Nogueras. Pero no. Al final, Storni vivió en la comodidad de una casa en La Falda. Los inundadores murieron en absoluta impunidad. Y los saqueadores del Banco de Santa Fe, fueron elegidos gobernadores y renovaron fueros.
La ingenuidad nos hace creer, a veces, que estamos cerca de romper el cerco. Pero no. La linea está trazada con material indeleble, con una mezcla de sangre noble y violencia potencial, que nadie se anima a borrar. Las lineas rojas están garantizadas por la amenaza continua. Con el toma y daca. Con esa idea, a veces real, de que «es mejor no hablar de ciertas cosas», aunque sean verdad. Un «tiene razón, pero marche preso» sistemático.
No importa de qué tema hablemos. Pero si lo que se toca es un interés «delicado», si se roza a alguno de los nombres protegidos , lo único que habrá es un poco de ruido. Y al final, lo sospechamos, caerá el telón de la impunidad.
Podemos hablar de $Libra, del vaciamiento de una financiera , de sociedades anónimas sobregiradas, de maniobras a la luz del día para quedarse con patrimonio ajeno, de dirigentes sindicales millonarios, de jueces y dirigentes políticos que aprovechan sus influencias para evitar que se les aplique la ley. Da igual la causa. Siempre, siempre, hay una puerta de atrás que les permite escaparse. Y lo más importante: hay quienes les abren esas puertas, aún sabiendo que no corresponde.
Todos sabemos quienes las trazan en cada ciudad, en cada provincia y en el país. En el mundo, la pornográfica realidad- los casos «Epstein»-, han dejado en evidencia los niveles de vulgaridad: Son un conjunto de voluntades diversas, con distintos orígenes, distintos lugares y posiciones políticas. Forman un club sin prestigio alguno, sin brillo intelectual, sin sutilezas. Pero tienen dinero. Y condicionan a los demás. A base de sobres, carpetas y secretos que descansan en los dobles fondos de los cajones de sus escritorios.
¿ Que es el poder? «La impunidad» dijo Yabrán. Y no hubo mejor definición. Hacer sabiendo que no habrá consecuencias. A la luz del día, sin obligación de responder por las acciones. Es la que tiene quien no puede explicar su riqueza, quien prolonga su estadía en un cargo público aún cuando la ley dice lo contrario, lo que exhibe un empresario que riega la calle de cheques sin fondos y nadie se anima a reclamarle nada.
Se llama poder real. Y es el que tienen siempre, muchos empresarios, jueces, fiscales, dirigentes gremiales, políticos, periodistas y algunos colaboradores menores, que garantizan el goteo de aceite sobre las poleas de un gran mecanismo continuo.
Es poder puro. Poder seguir haciendo lo que quieren sin que nadie les repare. Sin que ningún reproche los conmueva. Lo que cuenta, siempre, es la cuenta. Y el falso «respeto» que imponen sobre los demás. Nunca es respeto. Siempre es temor. Y lo prefieren:
Sus demarcadores, consiguieron atravesar la vergüenza. No les importa que se sepa, lo que les importa es que esa publicidad no ponga en riesgos sus negocios. Porque la condena social, la mirada de los otros, ha pasado a un quinto plano.
Se ríen de la moral, de la honradez y del esfuerzo ajeno. Llaman «estúpidos» a los que se animan a desafiarlos. Y algo de razón tienen: Al final esa «viveza» que los caracteriza, es la que marca la diferencia entre quienes pueden y quienes no. Una pulsera de color con agujeritos y códigos QR, que permite el acceso de unos pocos a todo, más allá de sus acciones y a otros, a casi todos, a nada.
Atraviesa ideologías, credos y valores. Une sin distinciones a progres y conservadores, a creyentes y ateos, a negros y blancos, a ignorantes y sabios. Une a los que parecen que nunca se unen , pero detrás de bambalinas, sin que medie una conspiración explícita, conforman un elenco estable.
Pelear contra eso, a veces, es pelear contra amigos. Porque los integrantes de ese esquema no son «malos» per sé. Son hombres y mujeres que han crecido en ese laberinto, y sus presentes y futuros están atados a la suerte que corra la información que de ellos tienen, otros.
El miedo funciona hacia adentro y hacia afuera. Y sobrevuela la conciencia de quienes, aún siendo inocentes de crímenes y estafas, recibieron los favores del sistema y saben que los privilegios de los que gozan, se acabarán si abren la boca, si se animan a desafiar, si alguien se entera que «hablaron».
Deben sus cargos, sus ascensos, sus concursos, sus traslados, sus contratos y muchos de sus bienes al «sistema». No cometen los delitos, pero saben que hablar implica poner en peligro esa cadena de valores.
Es agotador. En cada caso se repite la secuencia: asombro, ruido, un largo silencio, gestos de manifiesta distracción y finalmente, el olvido. Las frases se repiten: «Hasta acá te acompaño», «No podemos avanzar sobre eso», «tenés razón, pero no podemos hacer nada» y la más molesta de todas:» Te doy la info, pero no me menciones, no hables de mi». Aunque les hayan arrancado su patrimonio. Aunque sean víctimas de un abuso de poder. Aunque lo que esté en juego sea su propia suerte.
Las reds flags, las líneas que diferencian al poder real del poder formal, son también, una construcción social. Están sostenidas por patas sólidas: el miedo, la conveniencia, los intereses y sobre todo, la indiferencia de quienes no entienden lo único que importa: Si la corrupción no se sanciona, se vuelve a repetir. Y aunque hoy les toque sufrirla a otros, mañana la victima podés ser vos. Y si, será tarde.
En Santa Fe, lo volví a sentir con claridad en estas semanas, las red flags están bien marcadas. Y sino todos, casi todos, les guardan un respeto reverencial. Y se nota mucho.





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