Milani, la hilacha del relato

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Cuando todo el país se enteró que la hermana del conscripto Ledo acusaba a Cesar Milani de haber participado de la desaparición de su hermano en La Rioja, las pruebas eran contundentes e inapelables.

En la denuncia en su contra apareció una carátula con la presentación “Lista de Revista-Batallón de Ingenieros 141 de Construcciones de La Rioja del año 1976”, donde en el margen superior se ve un sello del Ejército Argentino. Y, luego, otra página con todos los militares que prestaron servicio en esa repartición. En la mitad, Milani Cesár Santos figura con el grado de “subteniente” y  con el cargo de “oficial instructor”.  Unos renglones hacia arriba, en el quinto lugar de jerarquía, aparece Esteban Sanguinetti, el coronel retirado que habría llevado al conscripto Ledo a hacer una recorrida a la localidad tucumana de Monteros y nunca más se lo vio con vida. Sanguinetti es el jefe que le ordenó a Milani labrar el acta de deserción del conscripto Ledo.

Sanguinetti fue detenido. Milani, no.

Pero había más: Milani figura en el libro Nunca más de la provincia de La Rioja como uno de los militares que participaba en los operativos de secuestro nocturnos. Allí, Alfredo Ramón Olivera lo reconoció como uno de sus captores. Lo mismo sucedió con el ex fotógrafo Plutarco Schaller, que lo reconoció estando detenido en el Hospital Vera Barros.

La causa penal estuvo paralizada y obstruida durante cuatro años. La protección política que le brindó el Kirchnerismo a su entonces Jefe de las Fuerzas Armadas, gestor de la Ley Antiterrorista, y responsable del mayor presupuesto de Inteligencia del que se tenga recuerdo en la democracia, desnudó la peor falacia del modelo: las causas que persiguen a los responsables de los crímenes de lesa humanidad eran sagradas, siempre y cuando no tocara a ninguno de los suyos.

Ya nos cansamos de escuchar que lo “importante es lo que hicieron luego, no lo que habían hecho antes”. En esa frase se excusó siempre al matrimonio presidencial de no tener ninguna historia vinculada a la lucha por los DDHH durante los años de la dictadura, y aún más: durante la democracia y sus gobiernos en Santa Cruz.

La historia no registra ni una sola reunión de Nestor Kirchner con las Madres o las Abuelas de Plaza de Mayo durante sus mandatos sureños, ni su presencia en ningún acto oficial de conmemoración del golpe militar.

Cuando llegaron al poder en 2003, cuando la gran mayoría de los genocidas eran ancianos moribundos, cuando las FFAA eran apenas un espejismo desprovisto de cualquier riesgo contra las instituciones democráticas, cuando enarbolar las banderas de las causas paralizadas por las leyes de impunidad – que habían sido sancionadas bajo la efectiva presión de las Fuerzas aún poderosas que se levantaban contra el gobierno de Alfonsín-era un juego que sólo ofrecía ganancias y ningún riesgo; entonces Nestor  hizo bajar el cuadro de Videla. Entonces dotó de presupuesto a las Abuelas para que profundizaran la búsqueda de los nietos, entonces derogó las leyes y los indultos, y entonces se convirtió en el adalid de una historia que había concluído treinta años antes. Justo en los años en los que él prefirió el “exilio” en su estudio de abogados en Rio Gallegos, y consolidó sus primeras fortunas, aprovechando las leyes de Martinez de Hoz que despojó a miles de argentinos de sus propiedades con la indexación.

Nadie discutirá la importancia de haber permitido la continuidad de los juicios contra los genocidas, ni el valor que tuvo el acompañamiento del Estado en la búsqueda de los nietos desaparecidos.

Pero eso no invalida la designación de un genocida en lo más alto del rango militar y en las cercanías más intimas del poder. Ni justifica la degradación de las Madres de Plaza de Mayo- las de Hebe- que se convirtieron en una empresa de negocios sucios con Sergio Schoklender, y que fueron habilitadas para pregonar las peores expresiones antidemocráticas a los que se animaran a cuestionar cualquier política del Kirchnerismo.

Milani es la hilacha del relato. La mancha de sangre en los pañuelos. La más clara demostración de que, aún aceptando lo positivo de todo el proceso, la relación de los Kirchner con las causas tuvo más que ver con la conveniencia y el oportunismo político que con la verdadera convicción. Esa que nunca demostraron en su historia anterior, y esa que relativizaron, protegiendo a un siniestro torturador sólo por pertenecer a su bando.

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