Mi ser nacional

El 24 de agosto de 1982  cerca de las seis de la tarde, hace exactamente 35 años, yo nacía de nuevo. No es una gran anécdota, ni mucho menos: en una recóndita esquina del barrio de mi infancia, algunos amigos y yo, esperábamos ansiosos la salida de las “chicas” de la Escuela secundaria Nuestra Señora de Lourdes. Dos de los tantos, lo hacíamos sentados en una motocicleta de 50 cilindradas que yo, con mi estupidez de 14 años a cuesta, le había robado a mis hermanas, para “hacer facha”.

En ese intrascendente momento para la humanidad, un Ford Falcon esquivó a un camión con el que casi choca en la esquina, perdió el control, se subió exactamente al lugar donde estábamos parados. Mis amigos de “a pie” corrieron, y los paragolpes del Ford, a unos 50 o 60 kilómetros por hora, le dieron de lleno a la moto. Nosotros volamos por los aires.

Mi compañero, Javier, de quien confieso tuve que hacer un gran esfuerzo para recordar su nombre porque hace ya 33 o 34 años que no lo veo, apenas sufrió un desmayo y yo, con algo menos de suerte volé unos ocho o diez metros ( podría poner 30 para exagerar, pero no recuerdo cuantos fueron) y di con mi cara y mis costillas contra el cordón de la vereda. Mientras mi compañero , que no se había hecho nada, permaneció en el suelo desmayado algunos minutos, yo con la cara literalmente deformada y algunos muchos huesos rotos, salí caminando como un zombie al encuentro de las señoras del barrio que me miraban horrorizadas caminar con toda la ropa ensangrentada.

Al final, como les dije, nada. Sólo un par de dientes menos, la nariz fracturada en cuatro pedazos, un par de costillas que en los días de humedad aún me duelen, y cierto temor por la velocidad que con el tiempo fui superando.

Aquello pudo acabar con mi vida, claro. Por eso digo que los 24 de agosto celebro esa especie de renacer, sobre todo cuando recuerdo las coincidencias que me hubiera perdido de encontrar, cada vez que el calendario me lo recuerda.

El 14 de junio de 1986, menos de cuatro años después de aquel accidente de tránsito con consecuencias menores, estaba en la cantina del Colegio Nacional y escuché en la radio que se filtraba entre los ruidos del recreo: ” en Ginebra, a los 86 años, muere el escritor argentino, Jorge Luis Borges”. Por entonces  y aún siendo un partidario de las lecturas, el “Viejo” simbolizaba para mi, militante de suave izquierda, un escritor al que no había leído, cuyas expresiones y características conocía  más por las imitaciones del entonces exitoso Mario Sapag y porque la “Progresía” le reprochaba sus posiciones políticas. Era la primavera democrática y los jóvenes nos afiebrabamos con “100 años de Soledad” o cualquier  otro texto de García Márquez o  por todos aquellos escritores que incluso siendo malos, eran políticamente correctos.

Los años que me regalaron hasta hoy las insignificantes consecuencias de aquel accidente, me permitieron leerlo. Y cuando llega cada 24 de agosto recuerdo su cumpleaños. Con él  me encontré definitivamente una noche de insomnio en la casa de una novia, cuya madre- de izquierdas – había comprado las obras completas. Recuerdo los dos tomos encuadernados en un marrón suave y las letras doradas con su nombre. Y recuerdo un breve poema que ya no, pero que entonces  supe memorizar para deslumbrar a algunas mujeres: “Los Justos”

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Y nada más. Después, mucho después vinieron a mis manos El Aleph, Ficciones, Historia Universal de la Infamia, El Libro de Arena, y una larga historia de discusiones políticas en las que me tocó, sin otro ánimo que el de la admiración, defenderlo de sus posiciones políticas. A sus libros vuelvo siempre, cada tanto, con el mismo placer y asombro que encontré la primera vez que lo leí.

Borges era un provocador. Un sabio que entendía la dimensión del Universo y la insignificancia de la vida humana. Por eso se reía de las discusiones terrenales, aún siendo ateo. Nunca se tomó en serio a los poderes, porque nunca creyó en ellos. Porque no le hicieron falta. Porque, tal como lo muestran los siglos, los verdaderos poderes, están lejos, muy lejos, de ser visibilizados por aquellos que le reprochaban sus tímidas y elegantes afirmaciones.

Borges, si se me permite, y lejos de cualquier pretensión de literato, fue y es  por lejos, el escritor argentino ( por ser moderado) que mejor supo tratar al idioma. No hubo otro  hasta ahora, que pueda ocupar ese lugar sagrado.

El 5 de marzo de 1988, yo tenía 19 años. Y a las 10 de la mañana de ese sábado, dormía con la profundidad que los excesos de la noche anterior me habrían demandado. Mi madre me despertó con un grito angustiante, y me dijo que se había muerto el “Negro Olmedo”.

A diferencia de Borges, Olmedo me era familiar y muy querido. No me hizo falta volver a verlo para comprender lo que esa mañana de calor sus piruetas inexplicables en un balcón marplatense, nos habían quitado.

Entonces era yo el que defendía a Olmedo en ciertos ámbitos “cultos”, donde era menospreciado y minimizado. El Negro provocaba carcajadas interminables en el comedor de mi casa desde que yo tenía uso de memoria, y aunque se había ocupado también de nosotros con el “Capitán Piluso” lo que uno le agradeció, y con los años ya compartió, era la manera en la que hacía reír a mi viejo.

Olmedo era capaz de modificar el humor del comedor de casa con una mueca. Había roto todos los moldes que conocíamos en la televisión  y aunque hoy no pudiera repetir la mayoría de los sketchs que hacía por inconveniencias de género, supo representar con increíble exactitud al humor ciudadano medio, como ninguno.

Curiosamente, había nacido también, un 24 de agosto. El día de mi resurrección, y el día en que había nacido Borges.

Salvo aquel mítico encuentro al final de cada programa con Javier Portales, a Olmedo no lo unía nada más con Borges. Así se llamaba su personaje.

Pero al igual que el viejo, en otra expresión del arte, supo interpretar mejor que nadie el idioma de la calle de los argentinos. Sus frases , permanecen incólumes en el lenguaje del argentino medio, que todavía se sigue riendo cuando aparecen las repeticiones  de “No Toca Botón” en la TV.

Olmedo fue el mejor humorista argentino de todos los tiempos, y como con Borges no hubo otro, hasta ahora, que pueda ocupar ese lugar sagrado.

Cada vez que llega esta fecha, siempre recuerdo aquel accidente. En días húmedos como hoy, también lo recuerdan mis costillas. Pero en general el día se me va en el reencuentro con estos dos tipos, que pueda gustar o no, al menos para mi, son “Mi ser Nacional”

 

 

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