La visita imprevista y canalla

Al “Gringo Bonvín” y al “Gordo” Viglianco

En menos de una hora, me enteré de dos muertes cercanas. No puedo decir que haya sido amigo de ninguno de ellos. Pero el sólo hecho de haber compartido un poco de mi vida con cada uno, me golpea. Como sólo la muerte golpea.

Cuando se muere alguien conocido, ya no digo amigo ni familiar, tan sólo conocido y levemente cercano, hay un golpe en el bajo vientre que se transforma en calor y trepa hasta que la cabeza acaba comprendiendo lo que nos acaban de decir.

Las muertes, en especial las tempranas y mucho más las inesperadas, nos dan un baño de agua fría de prepo, y quedamos regulando, y haciéndonos siempre las mismas preguntas. Casi siempre sobre nosotros mismos. Casi siempre sobre nuestra propia muerte. Y sino siempre, casi siempre, sobre las eventuales similitudes entre nuestras vidas, nuestros hábitos, nuestros presentes, comparados con quienes se acaban de ir.

Los que aún nos consideramos “jóvenes” nos asustamos mucho. Nos preguntamos la edad que tenían, si fumaban o no, si estaba enfermo, si estaba estresado, si había tenido síntomas, si se cuidaba o no, en fin. enseguida buscamos la “diferencia” que nos aleje de cualquier parecido que nos acerque a quien se acaba de morir.

Y apenas distinguimos “esa” supuesta diferencia, nos aliviamos en silencio y reflexionamos sobre los cambios que deberíamos hacer en nuestras vidas, para evitarlo.

Inconscientes de esa posibilidad, nos aferramos a la vida creyendo que es posible aferrarse a ella por mera voluntad. Y nos negamos una y otra vez, un asunto muy común en occidente, la eventualidad de la propia muerte.

Y en cierto modo, hacer de cuenta que la ignoramos, negar, es un sabio modo de sobrevivir a esa idea fatal: alguna vez seremos nosotros. Y alguna vez, inevitablemente, alguien le contará nuestra muerte a otros- ojalá dentro de muchos años- y se repetirá la escena del asombro, el shock, la parálisis y ese proceso de intentar racionalizar lo que pensado a fondo es muy difícil de aceptar.

No vivimos para morirnos, pero lo haremos.  Y cada muerte que nos toca cerca, nos lo va recordando. Y no es fácil de asimilar.

Nos hemos educado para la muerte natural, la que llega en la vejez degenerativa e injusta. Nos preparamos cuando nos informan sobre alguna enfermedad y lentamente la vamos aceptando. Pero no es comprensible, cuando se muere alguien más joven, o igual de joven, o peor aún, cuando escuchamos con estremecimiento la muerte de algún hijo de otro. y sabemos, los que somos padres, que no podríamos soportar ese dolor. Y somos testigos incrédulos, de la continuidad de la vida.

Cuando ocurre, nos trastoca, si. Pero con el paso de los días nos vamos habituando a la idea de la ausencia del otro. Y vamos digiriendo la idea de la fugacidad. Y también, nos volvemos a poner en cierto refugio de inconsciente y falsa  inmortalidad, que nos alivia.

Y casi siempre, desaprovechamos la única enseñanza útil que nos da la muerte ajena: que puede pasar. Ahora, mañana, en cinco o diez años. Que no tenemos otra alternativa que vivir todo lo que podamos, porque no sabemos cuando se acaba todo esto. Que nos debemos ocupar de lo importante y lo trascendente, que no son los grandes temas del mundo, sino de la vida de los otros. De estar presentes, de ser amigos, buenos compañeros de viaje, padres atentos y cariñosos, pacientes con las demoras, tolerantes con los defectos del otro. Generosos. Lo más humildes que podamos. Humanos hasta el llanto. Solidarios. Y llevar con nosotros, siempre, el mejor humor posible.

Y no perder el tiempo con quienes no valen la pena. Y no dejar de cumplir los sueños posibles. Y beber si podemos. Y no desaprovechar las oportunidades de ser felices. Claro, y mucho menos, de hacer felices a los demás, mientras sean las dos cosas compatibles.

Y ser libres. Y ser francos. Y mirar a los ojos, cuando hablamos.

Y mirar con detenimiento cada belleza que nos reglaron. El árbol, la corrida de nuestros hijos, sus carcajadas, los reencuentros con los amigos, las postales de nuestros viajes. El viento que nos sopla suavemente en la cara.

Y disfrutar de las pasiones que nos nacen, sin joderle la vida a nadie, o más: haciendo más agradable la vida  a los otros. Que sólo por eso, nos recordarán con afecto los que nos sobrevivan, y no por otra cosa.

Que vivir tiene sentido si de verdad somos capaces de haberle dejado a otro algo más que dinero.

Es espantosa, es triste y es insoportable la muerte. Nos llena de tristeza. Nos quiebra. Curiosamente, la muerte ajena, la cercana, nos mata. Eso siento yo ahora, mientras escribo estas palabras. Escaparle a la muerte, sin poder dejar de pensarla.

La muerte, esa visita imprevista y canalla, es la madre de todos nuestros miedos. Y aunque parezca paradójico, no debemos temerle. Porque temer no es vivir, y  vivir es nuestra única manera de recibirla con calma.

 

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