Matar y dejar que maten

Matar no es un asunto para cualquiera. Tomar la fría decisión de clavar diez veces una puñalada en el cuerpo de una mujer, requiere de una frialdad y una indolencia que solamente se explica con la psicopatía. Y aún así, aún aceptando que pueda responder a una desviación mental del matador, me resulta imposible de imaginar, la ilusión previa del asesino, la planificación mental, los movimientos que imaginó, las escenas que fue dibujando en su cabeza, antes de tomar la decisión de hacerlo. Matar requiere de un odio y un resentimiento muy profundo, que pocos conocemos de verdad. Algunos, ni siquiera nos animamos a pensarlo.

Alguien, muy autorizado dijo hace pocas horas: ” es muy difícil, aquí o en cualquier lugar del mundo,  que una persona que goza de legítima libertad, y que tiene la decisión de matar a otra, impedir que lo haga”. Allí no hay operativo policial, ni prevención posible. El que tiene la libertad de moverse, simular, esconderse a plena luz del día, y sabe los movimientos del objetivo del odio, tarde o temprano, lo hará. Y sólo necesita una cosa: moverse con libertad. Tener espacio y tiempo para cumplir con su monstruoso deseo.

La discusión entonces es una sola: ¿ El criminal estaba en legítima libertad? Y si lo estaba, ¿cumplía con las reglas de su libertad provisoria? ¿ había alertado a otros de su decisión de matar? ¿ alguien conocía los antecedentes del presunto conflicto entre la maestra y el asesino?

No es lo mismo el sí que el no. Por una sencilla razón: si alguien, investido en su responsabilidad pública, ignoró el peligro que pesaba sobre la vida de Vanesa, colaboró con su muerte.

Si como todos empezamos a saber, alguien  dejó que una persona con las características de Juan Ramón Cano, con sus antecedentes penales , y sus posteriores comisiones de delitos- al menos 3 denunciados y estipulados en su prontuario- ese alguien, debe responder también. Su indolencia, su impericia, su falta de concentración a la hora de tomar decisiones elementales, lo convierte en un sujeto inepto para tomarlas.

¿ Se podía evitar que un asesino, de manera premeditada , matara a una docente, buena compañera, buena maestra, solidaria, y probablemente corajuda por haber denunciado a un delincuente por agresión sexual a una de sus alumnas? Sí, y sólo si, quienes tenian la responsabilidad de que Cano no estuviera en libertad, hubieran cumplido con sus obligaciones elementales.

Lo demás, es tierra confusa. No es un hecho de inseguridad, aunque pueda sentirse así. No es un hecho común. No responde a los cánones del caos social que muchos divisan, en medio del terror y el pánico que nos sacude. No es un asunto que merezca que “todos sean culpables”, sino un caso en el que evidentemente “hay culpables”, más allá del asesino.

Todas esas preguntas son las que habrán de formularse los que investiguen el crimen, y estipulen la condena del asesino. Y nos cabe a nosotros no dejar morir en el olvido, ni sepultarlo con otros casos.

La muerte de Vanesa, al menos, que purgue a los inútiles que ocupan espacios en el poder judicial.

Habremos hecho justicia con ella, pero sobre todo, habremos sabido usar el dolor y la bronca que todos tenemos, para que en el futuro, nadie se haga el desentendido ante una denuncia o un pedido de auxilio. Y mucho menos, frente a la decisión de poner en libertad a un criminal. En el nombre de ningún derecho.

 

 

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