España y un mensaje moral

Es sano lo que ocurrió en España. Y no tiene que ver con la ideología del Presidente ni del Gobierno destituido. Ni con su plan de gobierno, ni con las simpatías mayores o menores que se puedan tener con los sectores que legítimamente destituyeron a Rajoy y que desde mañana asumirán- por un tiempo limitado- las riendas del Ejecutivo español.

Es sano sencillamente porque está fundado en un asunto que en estos tiempos parece menor: El PP ha sido condendado por corrupción. Varios de sus dirigentes irán a prisión por haber montado una empresa que recibió beneficios de las acciones del gobierno y que funcionaba como Caja Negra del partido. Porque sus dirigentes, muchos de ellos, se enriquecieron ilegalmente con las arcas públicas y finalmente, porque todo lo que hicieron, era ilegal.

La destitución de Rajoy es un mensaje interesante para el resto del mundo. Los gobiernos corruptos, y no importa la escala que marque el corruptómetro, no pueden seguir siendo gobiernos. Y si una sentencia judicial definitiva lo dice, mucho menos.

Eso fue, más allá de los oportunismos y las lecturas ideologías, lo que ocurrió esta mañana. Y esto debe ser así, siempre.

Pero no se trata de un asunto ideal ni mucho menos: la sentencia que fundó la moción de censura- en nuestro país no existe esa figura porque no es una democracia parlamentaria- demoró décadas en salir. Y durante esas décadas, al ritmo lento y con el caparazón de la impunidad que suelen tener los poderes judiciales comprometidos con los intereses de otros poderes, el PP no sólo gobernó España, sino que siguió delinquiendo en el gobierno. Mientras eso ocurría, el resto de los partidos se peleaban por tonterias y dejaban pasar las oportunidades que la historia les brindaba para formar coaliciones que les permitieran desplazar a los Populares del poder.

Lo ocurrido hoy es casi una naranja madura caída de la rama más alta: con magullones y pedazos de la fruta podrida por el sol. Pero sirve igual. Porque finalmente dice lo que los pueblos necesitan escuchar, aunque algunos lo relativicen: demasiado tenemos como para seguir siendo gobernados por corruptos, de los guantes que sean, de la escala que quieran.

Mientras eso ocurre allá, nuestro país debate coyuntura sin detenerse nunca en ese detalle: si sos corrupto, si te enriqueciste con el Estado ilícitamente, si favorecés a tus empresas con tus decisiones, si tenés cajas negras, en definitivas: si sos corrupto, no podes gobernar un país.

Y esto vale para todos los corruptos. Sin distinguir corrupciones conservadoras o progresistas. Le cabe a todos.

La corrupción no es un tema accesorio de las políticas públicas. No está por debajo de las política económicas, sociales, culturales, etc. Las atraviesa y las pervierte. Y cualquier desvío del curso de la ley, implica modificar la confianza de la gente.

Echar a un corrupto, una vez corroborado que lo sea, es un acto de reparación moral.

Sostener a corruptos, es multiplicar la inmoralidad y degradar a las instituciones y minar la confianza de la gente en ellas.

Argentina debe mirar a Espaañ y no porque Rajoy y Macri sean conservadores. Ni porque Podemos se parezca al Kirchnerismo, ni porque el PSOE es la socialdemocracia que une a los principios históricos de la UCR y el PS. No.

Argentina debe mirar a España, porque tenemos decenas de ex funcionarios imputados y/o procesados, pero casi ninguno condenado.

Porque tenemos funcionarios que toman decisiones sobre asuntos en los que están en juego sus propios intereses patrimoniales, y siempre laudan a su favor.

Porque tenemos una justicia que funciona a la velocidad que le convenga al poder ejecutivo de turno.

Porque tenemos una sociedad que empieza a cansarse de la impunidad, y de las instituciones carcomidas por la vergüenza de ver, por ejemplo, en sus bancas senatoriales a ex presidentes condenados. Si, condenados. Como Carlos Menem.

“Mosconi era tan austero que no te entregaba un lapíz nuevo si no le llevabas el lápiz viejo gastado” dijo Pino Solanas en la sesión del Senado mientras ejemplificaba la importancia de la rectitud en la acción de los funcionarios y su directa relación con las políticas públicas.

Es muy poco probable que un funcionario público que ejerce con honestidad su función, tome decisiones perjudiciales para el país. Tenga la ideología que tenga.

Se pueden discutir los modelos de país, si.

Se pueden discutir las políticas económicas, si.

Se puede aceptar o rechazar una medida de gobierno, ni hablar.

Lo que no se puede aceptar nunca, bajo ningún aspecto, es la acción  ilegal. El robo, la acción de beneficio personal sobre los intereses del Estado. No se puede, porque esa linea es la que muta todo en falsamente normal, y a partir de esa linea, vale todo. Y lo que terminamos discutiendo no es quien es inmoral y quien no lo es, sino quien es más o menos inmoral. Y así, todo da igual.

Algunos han calificado al “honestismo” como un asunto menor y que desvía la atención sobre los asuntos estratégicos. Y no. La honestidad es y será siempre, la base para cualquier proyecto estratégico.

Cabe para el empresario que es ministro, para un intendente que financia patotas, para un funcionario que monta empresas de obra pública y se las otorga, para un concejal que cobra coimas, para todos. Como nos cabe a todos los ciudadanos.

Lo de España, con todos sus defectos, con todas sus fallas, con todas sus dificultades, es un mensaje moral. Y necesitamos ese tipo de mensajes.

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