Los periodismos y los periodistas

Estas fechas suelen ser fastidiosas. En un rato, por todo un día, y a lo largo de toda la semana, mucha gente se dirige a nosotros y nos bendice . Aparecen tarjetas impresas con la figura de Mariano Moreno, con citas de Rodolfo Walsh, de Garcia Marquez, de Cicerón o  de cualquiera que haya mencionado al periodismo con alguna frase halagüeña , y que son utilizados parcialmente  intentando sintetizar al periodista y al periodismo, como expresiones únicas.

Y es imposible. Porque no existe un sólo periodismo, ni se puede tipificar al periodista. Con la excepción del presupuesto- muchas veces incumplido-  de manejar con mediana  destreza el idioma de origen y la obligación de chequear – si se puede con tres fuentes diferentes- la veracidad de una información, no existen normas que permitan definir la verdadera naturaleza del periodista. Ni mucho menos sentenciar quién lo es y quién no.

En este país, en este mundo y especialmente en los últimos 20 años, los periodistas sufrimos muchos impactos que modificaron claramente la naturaleza de nuestro trabajo y nos guste o no, los seguirán transformando.

La sana sinceridad de las pertenencias ideológicas ha perpetrado un cambio definitivo que nos mantenía atrasados en el proceso de madurez institucional de la prensa: los medios y los periodistas, por menor que sea su tarea, no somos inocentes de las consecuencias de nuestras acciones. Todos pensamos a la realidad desde nuestras manera de mirar al mundo. No existe el periodismo independiente. Todos, sin excepción, dependemos o de nuestras ideas o de nuestros patrones de medios, o de nuestros limites morales, a la hora de enfrentar un objeto periodístico.

Todos los que nos denominamos periodistas, somos hombres y mujeres con convicciones y recortamos, aunque sea de manera inconsciente y honesta, la parte de la realidad que nos interesa mostrar. O peor, en algunos casos, por conveniencia o mala fe.

El periodismo es, entre otras cosas, una herramienta de poder. Y siempre, se ejercita bajo las reglas de una estructura que lo sostiene. Mienten aquellos que se dicen independientes, o al menos lo ignoran. Todos los que decimos o publicamos, necesitamos de recursos para poder hacerlo. Y esos recursos siempre, son generados por estructuras que se sirven de lo que decimos o publicamos. Podemos saberlo o no, es posible, pero nadie está exento de la utilidad que genera a favor o en contra de los factores de poder que habitan a nuestro alrededor. Las estructuras pueden ser políticas o económicas. Y van modificando sus realidades. Y esas modificaciones impactan sobre el trabajo del periodista.

Y en este proceso de cambio explícito, el ejercicio del periodismo se concreta exclusivamente cuando su acción opera sobre la realidad. Cuando lo que un periodista o un medio informan, modifica aunque sea un ápice de la realidad establecida. Aunque sea modificando una opinión, aunque sea la de un solo ciudadano.

No hay periodismo sin lectores, oyentes o receptores. No existe si no comunica. No tiene ningún valor si no se puede publicar.

Y entonces los periodistas estamos condenados a sobrevivir bajo esa certeza:  demostrando diariamente que lo que hacemos sirve. O para el medio que trabajamos, o para el factor de poder que nos sostiene. O lo mejor que nos puede pasar: para la gente que nos sostiene con el inusual recurso de comprar o consumir nuestro trabajo.

El periodista verdaderamente exitoso es aquel que consigue decir sin tener que pedirle permiso a nadie antes de hacerloy más: el que nunca ve cercenada su libertad de decir y mostrar lo que cree importante. Eso se llama emancipación. La única herramienta real de garantizar la vigencia de la libertad de expresión.

Para eso, hace falta independencia funcional, ya expliqué que no creo en la existencia de  la otra independencia. Y eso se consigue aceptando que los tiempos han cambiado, que somos hoy más que nunca los únicos responsables de mantener encendidas las voces disonantes. Y en estos tiempos de prescindencia del “periodista empleado”, en estos tiempos de medios económicamente inviables y de una tremenda atomización de la oferta, el única camino hacia un ejercicio más o menos libre, es la emancipación.

Que debemos hacernos cargo de nuestros propios destinos laborales, construyendo pequeños y medianos medios que sean sustentables en el tiempo y que se rijan por las mínimas y elementales reglas del mercado. Y el mercado tiene un único factor que no cambia jamás: el interés del ciudadano.  Si lo que hacemos no impacta, no se lee, no se escucha o no se multiplica, si lo que decimos o descubrimos, no incide sobre la realidad de manera mediata o inmediata, esa labor será vana. Y el periodismo no habrá cumplido ninguna función.

No podemos seguir celebrando el 7 de junio bajo los mismos paradigmas de los años 70 u 80. Esa realidad se terminó, el mundo se achicó y cada ciudadano lleva en sus bolsillos un telefono inteligente y una manera de elegir cómo informarse y a quien creerle.

Es un buen momento para reflexionar sobre la energía que estamos poniendo en el sostenimiento de un status quo que va muriendo de manera indefectible, y que nos vayamos adaptando a la realidad de manera tal que podamos seguir ejerciendo nuestro oficio – dije bien, término bastante alejado de “profesión”- por lo menos sabiendo o anticipando el escenario que le tocará a los periodistas de los próximos veinte años.

Nuestra obligación principal, entonces, es prepararnos para el mundo actual , y el que viene; y allí, no hay demasiados secretos: hay que formarse, hay que ser buenos en lo que hacemos para que nos necesiten, hay que generar contenidos que sean de interés público y  hay que adaptarse a las nuevas reglas y  construir desde la posibilidad y no desde el lamento y la nostalgia, nuevos espacios que sustituyan a los que se van perdiendo.

Terminemos con la ingenuidad y la hipocresía: los periodistas no somos trabajadores comunes. Nadie tiene la obligación de pagarnos para que digamos lo que queremos y creemos que hay que decir, ni podremos detener nunca el derecho de las empresas a imponernos los límites que ellas crean convenientes ponernos.

Entonces, se trata de ponerse a trabajar, de buscar la forma de sostenernos y de resultar interesantes para quienes presumimos, quieren consumir lo que hacemos. Y que en ese trabajo, persistamos con una consigna elemental: todas las ideas deben respetarse, todas las miradas  son válidas y todas las voces deben ser escuchadas.

Si de verdad queremos periodismo libre, fomentemos la creación de espacios que permitan su ejercicio.

Lo demás, hoy, es panfleto, es nostalgia y se diluye con el tiempo.

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