Igualdad de género sin generalizaciones.

Vivimos un momento de saludable revolución de valores. Si. El avance de las mujeres está poniendo en tela de juicio las estructuras del cuerpo social. Y es probable que estemos asistiendo a una bisagra histórica y  que desde el #MeToo, pasando por el  #WeToogether y llegando a nuestro #NiUnaMenos  consigan  extirpar, paulatinamente y  de manera irreversible cualquier discriminación que sufran las mujeres del mundo. Si. Aquí, en Europa o en los  Estados Unidos. Y más, probablemente sean las mujeres, las que consigan derribar los muros religiosos, culturales y políticos que sostienen los regímenes brutales donde las siguen manteniendo en un plano complementario  desde lo jurídico y donde   siguen siendo víctimas de la violencia, de la discriminación, de la cosificación y de la propiedad del hombre, sin derecho alguno a reclamar.

A esta altura, todos los que atendemos los debates públicos que nos cruzan, leímos y escuchamos a  Gloria Steinem , la implacable  Caroline De Haas, o a nuestra Diana Maffia,  y a cada una de las mujeres que como ellas, vienen reproduciendo un discurso claro y definitivo sobre la subsistencia de la cultura del patriarcado en muchos aspectos de nuestras vidas de pareja, en nuestras relaciones de trabajo y en cada uno de los aspectos dónde la discriminación permanece viva, aunque los hombres la creamos desterrada.

Aprendimos el significado de “Sororidad” y empezamos a cambiar. Incluso aquellos que creíamos que no teníamos nada que cambiar, comprendimos lo mucho que nos falta por aprender . Y aprendemos. aprendemos de nuestras hijas, cuando ponen sobre la mesa los temas de género y nos dejan  mudos con sus escasos 11 o 14 años dejando sentado que están creciendo bajo los nuevos paradigmas. Aprendemos de nuestras compañeras de la vida. En el trabajo, en la calle, en cada espacio que compartimos y donde, si, subsisten desigualdades reales o simbólicas.  Y nos asombramos porque las discusiones son mucho más profundas y las correcciones mucho más severas de las que creíamos aquellos que decíamos “no ser machistas” y nos descubrimos siéndolo, siempre, en algún detalle.

Los hombres, lentamente, vamos entendiendo que ganamos más dinero que las mujeres, haciendo el mismo trabajo. Sabemos que hay más mujeres pobres que hombres. Que las mujeres reclaman cupos porque no respetamos nunca el equilibrio de género en la representación colectiva. Sabemos, lentamente, vamos sabiendo. Sabemos, lo vamos entendiendo, que no hay violencia machista aislada que pueda ser desatendida. Y aprendimos a mirarnos a nosotros mismos y a condenarnos.

Nos trocaron el humor. Y está bien. Vamos aceptando que las mujeres no pueden ser objetos ni en chiste. Y que no son chistes sus reclamos y sus posiciones.

Y vivimos este proceso a la defensiva. porque aún los más agudos y sensibles hombres a la cuestión de género soportan el lastre de sus orígenes y sus formaciones, y muchos otros vamos a tientas, con la incertidumbre de no saber si lo que decimos o hacemos  constituye o no una discriminación. Y es normal. Estamos viviendo una revolución que sacude nuestras propias estructuras. Y así deben ser las revoluciones. Convulsivas, caóticas y si, con márgenes de injusticias.

Y vamos aprendiendo, claro. A los tumbos, como se aprende a ser padre, como se aprende a amar y a desamar. Vamos aprendiendo a mirar a la mujer desde otro lugar. Y en el aprendizaje nos equivocamos y nos corregimos y probablemente nos volvamos a equivocar.

Pero… Cuando aprendemos, aprendemos. Y en la misma lógica de aprendizaje, vamos comprendiendo que, a veces- tan sólo a veces- el reclamo de igualdad y paridad, termina siendo una generalización despiadada. Y que en nombre de la igualdad que se reclama, también podemos pedir que se nos respete.

Y si. Sencillamente por ser iguales, merecemos respeto. Porque tenemos los mismos derechos. Y entonces,  podemos reclamar que en esta pelea por la igualdad, no se generalice y no se nos embolse en costales únicos. Y podemos pedir, si, podemos pedir, que aún en el fragor de la legítima pelea, se haga un esfuerzo intelectual por distinguir a quienes efectivamente caen en actitudes machistas y a quienes no.

Especialmente en medio de discusiones centrales. Especialmente cuando formamos parte de los mismos reclamos.

Porque no todo lo que nos pasa, es abordable desde la perspectiva de género. No todo lo que nos ocurre a nuestro alrededor es un problema de género. Y no todo lo que decimos puede ser interpretado desde la mirada de género. Y es en esas circunstancias, donde el feminismo debe aportar un grado mayor de serenidad y un sentido común, que a veces, y sólo a veces, se ausenta.

Nos faltan muchos años de aprendizaje, si. Nos faltan leyes. Nos faltan años de cultura feminista. Pero también, al feminismo le hará falta discriminar con mayor precisión, en donde si y en dónde no, sigue imperando el patriarcado. Y en dónde si y en dónde no, se terminan pisando los derechos del hombre también.

Hay un peligroso giro radical  del discurso feminista  que alienta, a veces sólo a veces, a una especie de machismo inverso. Y hay referentes del Feminismo que creen o manifiestan desprecio de género. Y eso es peligroso. Como es peligroso cualquier fanatismo. Como es peligroso cualquier análisis que no interprete la necesidad de sostener el respeto hacia el otro, cuando el otro es imprescindible en la obtención de los objetivos que se persiguen.

Que el discurso de algunas capitanas de género, no alimenten el rechazo social de los reclamos. Que la violencia, si, la violencia del discurso no termine contaminando la legitimidad de los reclamos. Que el “hembrismo” no sustituya al Feminismo. Y que cada día, todos los días, las mujeres avancen en su lucha, con más apoyo y mayor empatía con todos los sectores sociales.

Deben ser las mujeres, como siempre, las que encabecen también esa pelea. Cualquiera que, como yo, intente hacerlo desde la mirada masculina, correrá el riesgo de ser acusado de misógino o machista.

Yo estoy dispuesto a soportarlo. Es el riesgo de pensar y decir. El feminismo debe hacerlo, para no debilitar su lucha. Que bienvenida sea, está más viva que nunca

 

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