Casi un país

Si fuéramos capaces de organizar un partido de fútbol

Si no buscáramos siempre la culpa en el otro, antes de levantar la mano y decir: Fui yo, me equivoqué.

Si se nos ocurriera acordar, que efectivamente tenemos problemas que no tiene solución a corto plazo, y que necesitamos de todos para resolverlos.

Si los funcionarios y dirigentes no alimentaran a las bestias que después se descontrolan y nos amenazan.

Si esas bestias no fueran mano de obra de los mismos que dicen combatirlas.

Si entendiéramos que la seguridad pública no es un asunto azaroso 

Si tuviéramos más jueces justos, que interesados y corrompidos.

Si pudiéramos hablar más y gritarnos menos.

Si fuésemos un poco más sinceros, menos soberbios, menos racistas

Si comprendieramos que se trata de generaciones  y no  de elecciones

Si dejáramos de mentirnos. Y de especular con todo:

Con el dólar, con la tasa, con la desgracia ajena, con la muerte, con nuestros limites humanos

Si entendiéramos que los chicos son la prioridad

Que no hay otra inversión posible que la educación, la cultura, la salud y la seguridad públicas. Y que ahí es por donde hay que empezar.

Si priorizáramos la deuda interna

Si dejáramos de aplaudir al menos peor. Y no perdonáramos con facilidad oportunistas a los que se enriquecieron sin poder explicarlo.

Si nos animáramos a decir NO, BASTA, HASTA ACÁ en forma pacífica y protegiendo la vida del que se manifiesta

Si no permitiésemos que el mafioso siga gobernando gremios, clubes, partidos políticos, vecinales y si, algunos estados.

Si rescatáramos a los marginales, y les generáramos trabajo,y pensáramos que la vida del tipo común es mucho más importante que  pagarle  a los cuervos financieros.

Si nos respetáramos un poco más, todos.

Si bajáramos las banderas partidarias, si dejáramos de reclamar lo imposible y nos esforzaramos por cumplir lo mínimo elemental, lo posible.

Si las mayorías fuéramos más valientes, menos timoratas, y menos ombliguistas.

Si de verdad comprendiéramos que no hay felicidad posible, en un contexto de infelicidad general.

Si tuviéramos un poder judicial independiente de los caprichos de los gobiernos de turno

Si eligiéramos a  un presidente que conozca la realidad y que su familia no se haya enriquecido ilícitamente . Y nos importara eso.

Y pudiéramos generar una oposición que construya en lugar de destruir.

Si empezara a importarnos un poco más la verdad, antes que las interpretaciones sectoriales.

Y no permitiésemos que sean ministros los que atienden en los dos lados del mostrador.

Si pudiésemos entender que no hay ninguna salida que no contemple la generación de ciencia, de cultura, la industrialización, la infraestructura pública.

Si tuviéramos trenes, en lugar de millones de camiones. 

Si invirtiéramos rápido, de manera urgente , un plan de shock que saque del fondo del infierno al 20 % de marginales, y al 35 % de pobreza.

Si fuéramos capaces de sentir dolor por los que se hunden en un submarino, evitando al menos que nos filmen, bailando en una fiesta, una hora después del duelo.

Si se acabaran los privilegios de los pocos, y todos pagáramos proporcionalmente a nuestras posibilidades.

Si no admitiéramos el falso testimonio, el oportunismo y la chantada de “esto es fácil de resolver” para después no saber resolver nada

Si impidieramos  al inútil llegar a la administración del Estado.

Si fuéramos mínimamente capaces de aprender de los errores, y las tragedias, y saliéramos más sabios del desastre, y no más resentidos.

Si supiéramos darle oportunidades a esos pibes que tiran piedras contra un colectivo porque sólo aprendieron odio y desprecio y violencia para resolver sus angustias

Si nuestros presidentes no bailaran en la cubierta del Titanic

Y abortáramos las encuestas, los focus groups, el marketing y  al dios imagen. Y nos ocupáramos de mostrarnos como somos y no como nos conviene ser.

Si no le sirviéramos a los ricos negocios financieros para multiplicar su riqueza

Y a los pobres, dejáramos de provocarles cada día mayor pobreza.

Si millones de desahuciados, pudieran soñar con que mañana será mejor.

Si fuéramos conscientes de nuestros límites

Si aprendiéramos a vivir en paz.

Si dejáramos de romper promesas

Y empezáramos a cumplir con la palabra

Y nos estremeciera de verdad el desastre que somos.

Y nos avergonzáramos de nuestra incapacidad colectiva

Podríamos llamarnos país.

Pero, ni eso. Casi un país. Eso somos.

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