Ellas, nosotros y las “condenas sociales”

La confesión de la actriz Thelma Fardín, acompañada por el colectivo de actrices argentinas, marcó una inflexión inédita en el país. Su conmovedor relato funcionó como un terremoto en el piso de las conciencias de miles y miles de mujeres que comenzaron a soltar sus historias a través de las redes sociales, de los medios de comunicación, o en conversaciones privadas.

Es obvio que debe ser la justicia la encargada de determinar si una persona violó a otra, y también puede verse al “Caso Darthés” como un linchamiento público con márgenes de error. Sin embargo, termina siendo justicia, cuando el daño ocasionado a un ser humano- en este caso una adolescente de 16 años- sale a la luz multiplicado por los años de silencio, de destrucción  moral de una mujer, y por una cultura machista que tiende a negar o a justificar acciones brutales como las que describió la joven.

Es justicia, porque no hubo justicia. Paradoja.

La explosión seguramente ocasionará injusticias y prejuicios. Pero la dimensión del dolor de las miles de mujeres que empezaron a vomitar sus pesadas cargas, demandará tiempo y comprensión. Es probable que terminemos asistiendo a venganzas, sí. Pero también estamos pariendo una sociedad en la que cada día quedarán menos resquicios para los abusos, la violencia y la humillación contra las mujeres. Y por directa relación, para menos injusticias con los hombres.

Los cambios culturales son así. Y demandará mucho trabajo reordenar los pedazos de un sistema de sometimiento y dominio masculino, que hasta hoy, sigue funcionando a base de terror y vergüenza.

Nos toca a los hombres, en tanto colectivo que incluye a los responsables de la mayor cuota de violencia de género, hacernos cargo del cambio, acompañando el proceso, señalando nuestras acciones cotidianas que atentan contra la integridad de las mujeres. Nos toca a nosotros, modificar cada acción de la que somos testigos o protagonistas, que siga conteniendo machismo explícito o implícito.

Nos toca a nosotros, hacer espacio para que más temprano que tarde, seamos una sociedad igualitaria, en la que cada acción discriminatoria, empiece a resaltar como equivocada.

Nos toca, seguramente, soportar la incomodidad del proceso en el que somos y seremos objeto de observación. Con absoluta razón. Porque fuimos y somos parte en el asunto. Por acción u omisión. Pero partes al fin.

Si hacemos un mínimo esfuerzo de memoria, todos fuimos testigos de acciones machistas. Todos fuimos testigos de violencia de género, en todas sus expresiones. Y es probable, casi no me quedan dudas, que quienes llevamos algunas décadas encima,  hayamos funcionado como cómplices conscientes o no, de acciones de humillación contra una mujer, contra un homosexual, contra un gordo, o contra cualquier persona que no respondiera al mandato del “macho ideal”.

Tenemos la fortuna de ser partícipes de un cambio trascendental en la sociedad, y además, de evitar que ese cambio se convierta en otro escenario de dominios y dominados. El feminismo debe igualar, no combatir al hombre. Y los hombres debemos aceptar ese cambio y naturalizarlo. Con la misma naturalidad con la que incorporamos todos los vicios machistas. Es educación. Es aprendizaje. Y tiene el valor de dejarle a nuestros hijos e hijas, estructuras culturales más justas.

Matamos, violamos, abusamos y humillamos a las mujeres. Y aunque no nos quepa la responsabilidad individual, nos cabe como género. Al decir de la siempre brillante Rita Segato, tenemos que eliminar de cuajo esa idea de que nuestra virilidad es lo único que nos otorga respeto, dignidad o el atributo de algún tipo de potencia.

No somos eso que aprendimos a ser. Ni las mujeres, eso que aprendimos que eran.

No está en discusión nuestra sexualidad, ni nuestra identidad masculina. No está en juego nuestra integridad en esta discusión.

Lo único que están reclamando las mujeres es dejar de ser objetos de maltrato y discriminación. Y aunque  parezca que no, seguimos sosteniendo maneras y comportamientos machistas. Inluso aquellos que decimos que no lo somos.

No es un camino sencillo, y es posible, reitero, que nos encontremos con muchas injusticias en el camino. Y es posible, también, que algunos sectores del feminismo se comporten como victimarios sedientos de venganza. Es posible, citando de nuevo a Segato, que haya mujeres que construyan un ideario agresivo y terminen reproduciendo esquemas autoritarios en el nombre de las víctimas. Pero son las menos, y lentamente las mismas mujeres las pondrán en su lugar.

Lo que importará siempre, es que caminemos hacia una sociedad sin discriminación, sin abusos y sin silencios del horror. En una sociedad que sea capaz de resolver de manera pacífica los conflictos personales. En una sociedad donde la crueldad sea la excepción, y nunca la regla en los desencuentros.

Que las mujeres comiencen a hablar es un síntoma de salud social. Que las historias del oprobio machista salgan a la luz, es un paso adelante.  Y en lugar de sentirnos objetados, aprovechar para convertirnos en actores del cambio.

El feminismo, incluso aquel que se expresa con violencia, es una reacción a siglos de opresión.

Que los excesos de las minorías, no nos confundan. El reclamo es justo: a cada hora, una mujer es lastimada por un hombre en nuestro país. Cada semana muere una en manos de la violencia de un hombre. Y en las oscuridades de los espacios de poder machistas, siguen existiendo los Darthés que violan a mujeres que no pueden reaccionar. Eso es lo que importa: ellas, nosotros y la justicia.

Todo lo demás, termina siendo una excusa para no aceptarnos como somos. Y para no aceptar que ellas y nosotros tenemos que caminar juntos en el cambio.

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