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El mecanismo,la impunidad y nosotros

No sabemos si Cristina es culpable o inocente. Pero es probable que no lo sepamos nunca. Porque existe un sistema, un esquema de acuerdos sistemático, que impedirá que lo sepamos. Lo mismo le cabe a Macri, o a Moyano, y a cada uno de los actores principales de esta comedia de enredos que conocemos como dirigencia nacional, y que nosotros legitimamos con el voto,siempre.

El delito, en todas sus versiones, es un asunto menor en una sociedad que convive con él naturalmente. Sin asombros, sin reproches, sin límites. Pero no es un asunto exclusivo del Kirchnerismo,ya lo sabemos. Y en ese tentempié de equivalencias, todo debe volver a su lugar. Los ejemplos más contundentes son Odebrecht y Los Panamá Papers. Dos causas internacionales que han causado renuncias y condenas ejemplares en todos los países, menos en Argentina.

La Corte Suprema puede pedir un expediente y suspender de hecho un juicio que empezaba pasado mañana, por una razón muy sencilla: a la mayoría de los argentinos no nos importa o más, lo compartimos.

El camino de la legalidad y la legitimidad van de la mano. Y una cosa empuja a la otra siempre. Los tribunales terminan, siempre, aceptando a la legitimidad social como el factor determinante en la situación de quienes presuntamente delinquieron. En este caso, si CFK no tuviera chances de ganar en Octubre, no habría jueces dispuestos a dilatarle nada en las instancias judiciales.

Lo mismo le cabe al Macrismo. El presidente dice sin ponerse colorado que su padre había sido corrupto. Lo dijo cinco días después de enterrarlo, sin pestañear, omitiendo que él mismo fue uno de sus principales operadores en esas acciones ilegales.

La causa de los cuadernos rompió un código: los empresarios y los dirigentes políticos con poder no rinden cuentas en Argentina. Lo mismo, en equivalencia permanente, se puede decir de la causa por acciones ilegales de espionaje que lleva adelante el juez Ramos Padilla, que desnudó las tripas del manejo de los servicios de inteligencia que hizo y hace el gobierno de Macri, junto a sus operadores judiciales como el Fiscal Stornelli. Los jueces, expresan posiciones políticas, una obviedad, y cuando alguno se atreve a desbalancear el peso, enseguida otro juez opera en sentido contrario: el mecanismo funciona así.

En medio del vendaval de ambas causas, se abre el piso de las elecciones. Y la grieta, si, la grieta, repite una escena conocida: por obra y gracia de nuestras propias incapacidades, o de nuestras convicciones mayoritarias, o del desprecio por una de las dos opciones, Cristina aparece como eventual ganadora. Y los jueces lo saben. Y entonces recogen la piola. Y aunque resulte desprolijo y desmesurado, era necesario. Enjuiciar a Cristina, exponerla a un debate público sobre sus acciones en la gestión, implica un riesgo de retorno impredecible.

No se trata de «su» impunidad. Se trata de todas las impunidades necesarias para garantizar el funcionamiento del esquema político-empresarial que sobrevive a los mandatarios y necesita despejar esas trabas que, aisladamente, alguien pone en la superficie. Es la necesidad del mecanismo de gobierno que componen de manera estática y permanente un grupo de personas que constituyen lo que efectivamente ejerce el poder. Y el poder, no es el gobierno. Es el poder, que funciona independientemente de los gobiernos, aunque se acomoda a los humores sociales que los acompañan.

¿Es culpable Cristina? No. Ella forma parte de un mecanismo, si, como el de la serie brasilera, que va rotando situaciones de poder, y en el que nadie de peso, absolutamente nadie, puede ser condenado porque rompe una cadena que los une y los protege. Los engranajes se conectan a través de la obra pública, por ejemplo. Y como si se tratara de palitos chinos, el movimiento brusco de alguno de los factores, termina haciendo temblar a los otros.

Cristina no puede ir presa. Ni Macri en el caso de que Cristina vuelva a ser presidenta. La garantía la da el Poder Judicial que funciona como custodio de los límites. Tarde o temprano, también quedará libre Julio De Vido, y nunca, jamás, veremos al primo del presidente, Angelo Calcaterra, en esas condiciones. Es el mecanismo el que los protege, el que no puede permitirlo, el que funciona de manera ininterrumpida en Argentina, especialmente desde que Menem modificó la Corte Suprema en 1990.

La pregunta es si alguna vez el sistema caerá. Y la respuesta es de muy dificil predicción. El sistema responde, nos guste o no, a nuestras propias decisiones. Se acomoda a nuestras expectativas y a nuestras tolerancias.

La corrupción es una marca argentina. No exclusiva, pero con un importante componente genético nacional. En una sociedad indiferente a los enriquecimientos ilícitos, a las coimas, a las trampas, el mecanismo funciona con mucha comodidad. Y las acciones de la justicia, paradojicamente, pueden ser pueriles y pornográficas, encuentran en la pasividad social su mejor protección.

Lo de la Corte no es una acción de impunidad a favor de Cristina. Es una acción de protección al sistema. Pero no nos engañemos, no señalemos a los autores, porque ellos son nuestro reflejo. O al menos se nos parecen bastante. Sino, no se explican las opciones electorales de cara a octubre. O al revés, así se explican: es el mecanismo. Y nosotros el aceite que lo deja seguir funcionando.

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