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Una muerte, un criminal, las víctimas y los miserables

Santa Fe marchó ayer indignada por la muerte de Julio Cabal. Un comerciante de 29 años, músico, amante de las bicicletas, e hijo de una familia entrañable de la clase media santafesina. Nada más doloroso que un asesinato. Nada más impotente que las lágrimas de unos padres, unos hermanos, unos amigos, unos vecinos, unos conciudadanos que ven en él, claro, además de todo eso, el riesgo de morir en manos de un criminal. En cualquier momento.

Desde lo estrictamente humano, todos en su justo razonar debemos juzgar lo acontecido como un espanto mayor, como un dolor irreparable, y también, como no, como el motivo más legítimo de bronca, de enojo, de protesta y de reclamo.

El reclamo no puede ser otro que el de justicia. Por la memoria de la víctima, por el consuelo insuficiente de las víctimas que lo lloran, y porque ese criminal, de no ser arrestado, procesado y condenado a prisión definitiva, seguirá matando. Como mató el miércoles al mediodía.

Todos somos víctimas del espanto de un crimen. Todos tenemos derecho a reclamar su esclarecimiento, y si nos atenemos a lo vigente y corriente en el mundo de occidente a reclamar Justicia. Nada más ( y nada menos) que Justicia.

Y a Julio Cabal, lo mató un criminal. Es sobre él que debe caer el peso de la ley.

Julio tocando la guitarra con su banda

¿ Se podía evitar una muerte como la de Julio Cabal?

Si, claro. Si al criminal lo hubieran detectado antes de que ingresara al local. Eso sólo es posible si un agente policial detecta un ingreso de potencial peligro. Pero no había policías, como no hay policías en la puerta de cada comercio que es víctima de delitos. Ni en esta ciudad, ni en ninguna otra.

También se pudo evitar, si el criminal hubiera tenido antecedentes penales y estuviese en libertad de manera indebida. Allí, lo que hasta ahora es una hipótesis, se podía evitar cumpliendo con la ley previamente. Los criminales deben permanecer alejados de la sociedad. Hasta que cumplan su condena. Y si se aplicara también la ley, hasta que estén en condiciones de reinsertarse en esa sociedad, sin significar un riesgo.

Y finalmente, lo más obvio : Que ese criminal, no haya portado un arma de fuego, no hubiera intentado asaltar el local, y no hubiera disparado. Que esa lacra humana, no haya salido decidido a matar para robar. Se encuentre en la condición que se encuentre. Tenga los problemas que tenga. Sea lo pobre, lo indigente o lo adicto que sea. Es un criminal. Y sobre él, recaen todas y cada una de las responsabilidades del crimen.

No hay otras maneras de haberlo evitado. Al menos no tuvo Julio la chance de hacerlo. No hubo llamados telefónicos al personal policial antes de los disparos. No hubo instancia humana ajena a los hechos,que pudiera impedir o al menos morigerar lo ocurrido.

Si hubo, en cambio, un intento desesperado de un grupo de médicos y enfermeras afectados también por la cercanía con la familia- la madre de Julio es proveedora del Hospital y muy conocida en el nosocomio- que lucharon durante cuatro horas para salvarle la vida. Y no pudieron. Lo que cubre al hecho de un manto aún más luctuoso, más impotente y más angustiante.

Lo profundo, lo superficial, lo miserable

Mensajes en Casa Gris, durante la marcha

Pero la muerte de Julio Cabal es tan cruda, cómo las muertes tres días antes en Mendoza de los comerciantes Eulogio Maizares y Héctor Quiroga. O la del almacenero Alejandro Arrejín, en Virrey del Pino, en La Matanza. O las de Gastón Alejandro Moya, de 29 años, que encontró la muerte luego de agonizar dos meses en un hospital de Córdoba capital, herido en la cabeza por un criminal que le robó el auto. Y así, podriamos citar una interminable lista de hechos, en Santa Fe, en el resto del país, y en toda latinoamérica, que describen un doloroso derrotero criminal, que tiene múltiples razones. Entre ellas, los niveles de marginalidad social – que no es igual a pobreza- y el impacto del narcotráfico y las adicciones en sectores sociales que no encuentran horizontes ni contención de ninguna índole , y que generalmente de niños toman un arma de fuego antes que un juguete. Al que a veces nunca acceden.

Esos crímenes, que se destacan en la clase media, son – con total razón- los que terminan desatando movilizaciones masivas, reclamos que hacen temblar los pisos de las ciudades, y que incomodan a los gobiernos. Que no sólo no pudieron evitarlos, sino que sufren el desprecio de las víctimas. No ocurre lo mismo con el Poder Judicial. Que en muchos casos si, deciden sobre libertades innecesarias, y nunca afrontan la calle, ni se someten a la voluntad popular cada cuatro años, teniendo que dar explicaciones de sus acciones.

Esos crímenes seguirán sucediendo. Y no habrá forma de evitarlos mágicamente. Y a esto debemos decirlo, saberlo y asumirlo. Decir otra cosa, prometer otra cosa, suponer que se soluciona con métodos violentos y libre albedrío policial, sólo nos someterá a la multiplicación de la sangre. No hay sociedad que haya resuelto sus niveles de violencia, con más violencia. Y la violencia no es sólo criminal. Sino que se multiplica en los discursos arenguistas, facilistas e ignorantes que dicen saber cómo se hace lo que nunca hicieron o peor: que están en boca de quienes ya gobernaron y volverán a gobernar, y tampoco pudieron darle solución a estos problemas.

Abrir fuego desde un micrófono es violencia. Desatar una serie de críticas y reproches que bien podría hacer una persona desde el living de su casa comentando el noticiero, no hace ningún aporte a la situación.

La madre de Julio Cabal, fue más íntegra que algunos comunicadores que asaltados por el fervor, alimentados por el enojo de las audiencias, o afectados por la cercanía de la víctima. Los periodistas no podemos reclamar lo que sabemos que no estamos en condiciones de reclamar. Lo único que podemos es demandar justicia. Y sólo justicia. Que es el método en el que los seres humanos decidimos pactar en nuestra organización, para sancionar los delitos. Criticar a bocajarro las políticas públicas de seguridad, sin que existan métodos probados de solución inmediata, sólo multiplica la violencia, enardece a una población angustiada y repleta de conflictos, y no hace ningún aporte constructivo a la sociedad. Sólo sirve para descargar la bronca, y multiplicarla.

¿Que esto es culpa de la política, la policía y los jueces? Si, claro. Pero nacidos y criados en esta sociedad

«Que lo resuelvan ya o se vayan» dice uno con tono de autoridad policial. Nunca fue policía, ni juez, y probablemente- por suerte- no ha tenido el dramático quiebre que significa perder a un hijo en un instante.

Si, es político. Es judicial . Es policial. Pero profundamente social.

En un escenario de violencia pública desconocida para sociedades como la nuestra. En un contexto donde el 95 % de los muertos son víctimas de sus conocidos: femicidios, venganzas, ajustes de cuentas , riñas y peleas por dominio de territorio. Y en el que nos matamos de a miles en accidentes de tránsito. Y en el que se muere mucha gente joven a causa de un estrés desmedido que ocasiona records de infartos, accidentes cerebro vasculares y la aparición de enfermedades terminales, en gente menor de 60 años.

De esa sociedad estamos hablando. En esa sociedad ocurren estas cosas. Y es de miserables, si, de miserables, tener conciencia de ello y aún así, lanzar llamas cuando todo está mojado con combustible.

Patear al funcionario en el suelo, cuando te callaste durante años por una pauta publicitaria. Hacerse el guapo, en un contexto donde nadie podría cuestionarte. Hacerse el héroe, sin conocer lo que siente un policía honesto cuando no llega a evitar una muerte. Ni haber sido un fiscal justo que ve como las otras instancias lo desautorizan. Sin nisiquiera saber lo que significa tratar de poner en caja a una organización que tiene cotos de corrupción no acá, no en el país, sino en todo el mundo.

El periodismo ( y me incluyo) es un factor determinante del humor social, y los que se suben a la ola de multiplicar la angustia, lejos de ayudar y consolar, lo que consiguen es darle viento al fuego. Sin tener idea de cómo se extingue, luego.

Entre la miserabilidad de la especulación personal, el genuino impacto de una muerte cercana, y la comodidad de hacer leña de un arbol caido, el cóctel será explosivo. Y nunca nos haremos cargo, nunca, de las consecuencias de lo que ocasionamos.

A eso hay que agregarle un nivel de descomposición y corrupción policial que no admite jurisdicciones, ni jerarquías, ni controles políticos. Desde el jefe de la Policía Federal santafesina que vendía Cocaína en la propia Jefatura, pasando por los niveles de tentación menor de liberación de zonas a cambio de dinero fácil de algunos comisarios y policias de menor rango, terminando en los temores que sienten los oficiales de calle que tienen salarios menores.

En todas las causas por narcotrafico del país, en todas sin ninguna excepción aparecen policías involucrados. En todas las provincias, en todas las fuerzas federales y provinciales. La corrupción policial es endémica, y la resolución de ese problema, como quedó probado, no fue resuelto por ninguna de las administraciones nacionales, ni provinciales. La Policía es un problema social. Y la solución ni es sencilla, ni tiene ejemplos de solución exitosa en ningún lugar de América, ni del mundo.

La muerte de Julio Cabal es irreparable. Su crimen merece justicia. La política debe seguir buscando respuestas. Los periodistas debemos dejar de actuar como si fuéramos relatores del horror y no tuviéramos responsabilidad en el clima de violencia social. Y la justicia y la policía deben trabajar para que estas cosas no ocurran. Y eso significa, ser duros e inflexibles con los delincuentes y los criminales. En el marco de la ley

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