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Esos putos amos

Uno aprende siempre, cada día, en cada circunstancia nueva, frente a cada dolor nuevo. Uno sigue aprendiendo, a la edad que sea, y si no aprende, si detuvo la curiosidad, si ya no se sorprende, si cree que ya no hay nada que aprender, está en problemas. El mundo cambia, para bien o para mal, y en medio de las confusiones y las neblinas, hay quienes nos ayudan a ver el horizonte.

Los que nos enseñan generalmente no son maestros. No dictan cátedra, ni nos toman exámenes. Los que de verdad enseñan, los que nos obligan a hacernos preguntas, a pensar todo de nuevo cuando creíamos tenerlo resuelto, son los seres humanos que experimentaron los límites. Los que volvieron mejores del pantano. Los que se animaron a quemar las naves y llegaron nadando. Los que patearon tableros. Los que se deshicieron mil veces contra las sombras de su propia tragedia, los que se asomaron al abismo y pusieron sus cuerpos y sus almas al servicio de causas que no perecen nunca.

No son líderes revolucionarios. No levantan armas, no amenazan, no reivindican a la muerte, no se sienten héroes, ni creen que todos deben hacer lo que hacen. Sólo reclaman libertad. Defienden el derecho a la identidad. Respetan religiosamente- y sólo en eso remiten a la religión- al individuo. Distinguen a cada uno entre millones, nos saben únicos, unicas.

Los que nos enseñan todos los días son los que de verdad cambian el mundo. Los que le mejoraron la vida a otros. Los que liberan o ayudan a liberar a quienes sufren el encierro, la vergüenza, la soledad y el desamparo de no formar parte de esas mayorias normales. Los que por haber sufrido, saben qué sufren los otros. Aprendieron del dolor y enseñan a combatirlo. No desatan la furia resentida de quien no superó el dolor y se niega a redimirlo.

No buscan venganza. No se consideran iluminados. No necesitan ser simpáticos ni aceptan pactos con aquellos que martirizaron a sus hermanos, a sus congéneres, a sus compañeros.

Esos, son los verdaderos putos amos. Los que de verdad hicieron. Los que le dieron a millones de argentinos el derecho de amarse públicamente. Los que redactaron la ley de matrimonio igualitario. Los que siguen peleando para que el colectivo LGTBI ( y todas las letras que les quieran agregar) no sea discriminado, no retroceda un centímetro en los logros obtenidos. Algunos ocupando espacios públicos , enseñando mientras desarrollaron políticas que serán faros en el futuro, y otros desde los medios de comunicación, con sus textos, con sus obras teatrales, enseñandonos a los ignorantes que seguimos aprendiendo, en que lugares tiene sentido seguir dando batallas.

Después, como a todos en este boulevard de ideas y convicciones, se los confundirá con enemigos por sus posiciones políticas momentáneas. Se los acusará de estupideces coyunturales. Se los odiará por decir lo que piensan, serán insoportables para algunos, reaccionarios para otros.

Pero nada, absolutamente nada, los quitará del lugar que se ganaron en la historia. En paz, contra todos los vientos, las sotanas y los prejuicios. Contra los macarras de la moral. Contra las tiranías internas. Construyendo futuro, para todos los que vendrán.

Por alguna razón, o por muchas, escribí este texto pensando en dos tipos admirables, en dos cojonudos, en dos verdaderos putos amos: Osvaldo Bazán y Esteban Paulón.

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