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La democracia,te guste o no.

No gana el que tiene más ganas, ni el que cree tener razón. Gana el que obtiene mayorías legales y legítimas. Gana el que consiguió más adhesiones. Y las valoraciones sobre el ganador, no pueden ni deben implicar un derecho a su desestabilización. El respeto por las mayorías y las minorías. La inexistencia de otros mecanismos mejores. Y el principio de igualdad. Por Coni Cherep

Hasta hoy, el mundo no conoce un sistema mejor y más equilibrado que el nacido en occidente, y al que muchos llaman con desprecio «la democracia liberal». Con los siglos, el sistema fue purgando deficiencias, eliminando restricciones y calificaciones para el votante y hoy es universal que todos los habitantes tengan derecho a voto. Todos valemos un voto. Y todos los votos tienen el mismo valor.

La democracia liberal tiene dos subformas: la presidencial o la parlamentaria. Con sus pros y contras, cada una ; y el resto de los gobiernos del mundo son dictaduras o principados u organizaciones basadas en principios religiosos. Nada nuevo hay bajo el sol.

La democracia es el único sistema conocido en el mundo que ofrece garantías a las minorías. En el resto de los esquemas, quién gobierna ostenta todo el poder, y en su abuso, la supresión natural de cualquier expresión contraria a sus intereses.

Los contenidos ideológicos de los gobiernos, las políticas que aplican los gobiernos democráticos, tienen instancias de revisión natural en las elecciones. Tienen parlamentos en condiciones de ponerles límites, y se supone, un Poder Judicial independiente que limita a los otros dos poderes por si existen abusos.

La protesta a los gobiernos democráticos en la calle es legítima. Aunque deja de serlo, cuando procura desplazarlo por la fuerza. Da igual el color de los que gobiernan, da igual el color y las ideas de los que protestan.

Bolivia es una democracia. Chile es una democracia. Brasil es una democracia. Venezuela no es una democracia.

¿ Por qué digo que Venezuela no es una democracia? Porque allí están suprimidas todas las garantías para la oposición, porque el régimen de Nicolás Maduro eliminó todas las instancias de debate plural, y especialmente porque la calle está dominada por el ejército o por células paramilitares que persiguen a los opositores. Y un dato más contundente: porque una quinta parte de su población se vió obligada a salir del país, para poder sobrevivir. Del hambre y de la violencia estatal. Maduro se ampara en una Constitución que sólo votaron sus partidarios, y que no cuenta con la legitimidad de la mayoría de los venezolanos.

Las diferencias con Bolivia, Chile y Brasil son claras: en todos esos países rige una Constitución sancionada por las mayorías. Nadie las pone en duda: Los gobiernos son, para bien o para mal, los que eligieron las mayorías o las primeras minorías. Y su arribo al gobierno, fue bajo mecanismos que no se discuten.

Las movilizaciones en Chile son contra las políticas económicas del gobierno neoliberal de Piñera. Las desigualdades que se desnudaron por el aumento del precio del boleto, son una realidad que nadie discute. Ni el propio gobierno. A Piñera se lo puede echar de dos maneras: o con un juicio político- en este caso basado en los abusos de sus fuerzas de seguridad- o en las próximas elecciones. Otra manera de hacerlo, implica violar la Constitución. Y eso, tiene que quedar claro, siempre.

Lo de Bolivia es al revés. Evo Morales ganó en octubre unas elecciones viciadas desde su origen. Primero porque no aceptó el resultado de las urnas en 2016, que le rechazó la posibilidad de una nueva reelección. Segundo, porque tras el NO, del 52 % de la población, insistió por la via de la interpretación judicial, y se presentó a una cuarta elección, que le estaba prohibido taxativamente: por la Constitución y por la voluntad de la mayoría del pueblo. Luego, ganó las elecciones con mecanismos más que sospechosos: los resultados del domingo a la noche no le daban el triunfo en primera vuelta, pero hubo un «apagón», y al otro día, cuando volvió la luz, la diferencia era inexplicablemente mayor.

La OEA, dijo sobre esas elecciones: «Se encontraron irregularidades, que varían desde muy graves hasta indicativas. Esto lleva al equipo técnico auditor a cuestionar la integridad de los resultados de la elección del 20 de octubre pasado», señaló la OEA en un comunicado de prensa en el que también habló de «manipulación». Y agregan, para que no queden dudas sobre las dudas: «En el componente informático se descubrieron fallas graves de seguridad». Según el informe, resulta «estadísticamente improbable» que, pese a ganar los comicios, Morales haya obtenido los 10 puntos porcentuales necesarios para evitar un balotaje con el liberal Carlos Mesa, quien resultó segundo.

Listo. Es probable que detrás de las movilizaciones y el levantamiento policial en Bolivia, haya golpistas y sectores económicos interesados en deshacerse de las políticas públicas del MAS y de Evo Morales. Pero el turbio proceso electoral rompió con el sistema democrático, y en esa ruptura, termina valiendo todo.

La salida es la democracia: les guste o no. A todos. Como se prevé, Evo deberá convocar a nuevas elecciones y atenerse a las normas. Y respetar las decisiones de las mayorias o las primeras minorías. No hay otra manera. Cualquier otro intento, vuelve ilegítimo todo.

En Brasil, el Poder Judicial terminó con una injusticia: liberó al ex presidente Lula, que según las confesiones del Juez Moro, había sido procesado y detenido para favorecer el resultado del ahora presidente Jair Bolsonaro. Bolsonaro ganó en las urnas, frente al candidato del PT, Haddad. Luego de un irregular gobierno del vicepresidente de Dilma Rousseff, Temer, que colaboró con la destitución, en un juicio político bochornoso. Pero hay un dato que no puede eludir: ese juicio político contó con los votos de la mayoría de los parlamentarios. Muchos de ellos aliados al PT, que traicionaron a su propio gobierno. Ganaron en número, hayan o no tenido razón. Y son las reglas.

Lula es libre ahora, y encabezará un proceso popular de resistencia a las políticas neo-fascistas de Bolsonaro. Tendrá que recuperar el armado político que los llevó al poder a los trabajadores. Y ganar elecciones.

La democracia ofrece salidas siempre. Aunque en el medio se produzcan injusticias. Pero no hay otro modo.

La idea mesiánica de «representar a las mayorias» o ser «la voz de los que no tienen voz» es falaz y peligrosa. No hay otro modo de representar a la gente que no sea el establecido por la Constitución de cada país. Las mayorías o las primeras minorías deben aceptar los límites y el pedazo de poder que le pertenece a los demás. Y no hay excusa ni modelo económico que justifique, en el siglo XXI, cualquier arrebato del poder desde otro lugar que no sean las urnas.

Argentina es un ejemplo claro de eso. Y deberíamos aprender de nosotros mismos.

Quien lo intente, será antidemocrático. Desde el propio Estado, o fuera del mismo. Cualquier otro modo, es ilegal, es ilegítimo, y profundiza los problemas.No importa quien gobierne, ni lo que haga desde el gobierno.

Es la democracia. Te guste o no.

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