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Vuelven. En manada y apretando

Los intendentes electos de las principales ciudades de la provincia recibieron ayer llamados intimidantes: «convenzan a sus senadores o la van a pasar mal». Los trolls controlados desde una agencia publicitaria de Buenos Aires, y la necesidad de despedirlo al gobernador con un escrache organizado. Perotti y una frase que lo identifica: «El poder y el dinero no cambian a la gente, la delatan»

¿ Qué quedó del candidato sonriente y amable, que sólo hablaba de la necesidad de unir las fuerzas ? ¿ Qué de aquel que flameaba la bandera de «la Paz y el Orden»? ¿ Dónde quedó el tibio senador que no se animaba a votar por si o por no, en la sesión que impidió la sanción de la ley de legalización del aborto?

Perotti no cambió. En realidad, empieza a mostrarse tal cual como es. Y se cumplen los peores pronósticos: detrás de aquella cara amigable, apareció el irascible. Detrás de la cara del presunto estadista con postgrados internacionales, el capataz apretador. Detrás del virtuoso político, el liderazgo sostenido sobre la base de la agresión al otro.

Perotti no tiene motivo alguno para estar como está. Pero no soporta la idea de la convivencia en su gobierno. Ayer un senador de su propio partido me dijo: «cree que lo eligieron emperador, no gobernador». Y se comporta como tal.

Lejos, muy lejos, de estar poniendo su energía vital en la gestión que se avecina, eligió poner todas sus fuerzas en la guerra al Socialismo. Ordenó levantar los teléfonos para advertir a futuros intendentes que «con el no se jode», mandó a su comprometida (judicialmente) vicegobernadora a convencer a los senadores cercanos, bajo amenaza de no darle nada de lo que le pide. Y finalmente, les dijo a unos periodistas que no habrá foto de traspaso, salvo «que Lifschitz se preste a la fiesta».

Gran parte del peronismo lo celebra. Incluso algunos que no lo querían por «tibio» o «privatizador», empiezan a mirarlo con simpatía por sus modos Kirchneristas. Por su conversión al liderazgo prepotente, que quiere sangre. Y que exige que lo acompañen «hasta que duela».

Porque hay una parte muy importante del peronismo que sigue creyendo más en la fuerza que en la democracia. Porque hay una parte muy significativa del peronismo, que se identifica más con la patota sindical de millonarios, que con los trabajadores. Porque hay una parte muy fervorosa de la militancia que entiende que esto sigue siendo «Perón o muerte». Y se ilusionan con efectivizar, simbólicamente, las advertencias de la jefa: «Vamos por todo»

Y se olvidan, rápidamente que hay un sector muy grande, mayoritario de la sociedad que no los quiere así. Incluso algunos, no lo imaginaban al Perotti beligerante y obsesivo que se muestra hoy, cuando fueron a votarlo en junio.

No. El dinero y el poder no cambian a nadie, lo delatan. Y es entonces cuando se asoman las peores versiones de las personas y los dirigentes políticos. Y lo alzan en andas los que disfrutan de este juego como si se tratara de un partido de fútbol. Y sueñan sus celebraciones con la violencia del insulto masivo, de los cánticos de cancha.

Ayer un militante del PJ confesaba: » ya estamos ensayando el «Y Lifschitz se cagó, y Lifschitz se cagó», para corear en la plaza en el caso de que el gobernador socialista no acceda a la imposición del entrante, de celebrar el traspaso institucional, en medio de una misa peronista.

«¿ Por que no nos dejan celebrar?» me pregunta con ironía una militante del PJ K, para luego agregar en un Tweet : «Ustedes no deciden más nada, se van, se vaaaaaaaaan». Y la horda de militwitteros aprietan el botón al corazoncito.

No entendieron nada. Vuelven al poder después de 12 años con la rabia y la bronca del supuesto humillado. Vuelven resentidos. Vuelven vacios de contenidos, raquíticos de cuadros técnicos. Vuelven con un gabinete que era jóven hace 20 años, cuando el Estado era otro, cuando el mundo era otro.

Vuelven en Manada, sin distinguirse entre ellos. Allí van, juntos, inundadores e inundados. Privatizadores y bancarios que sufrieron la privatización. Verdes furiosos y celestes clericales. Ajustadores y ajustados. Apretadores y apretados. Victimas y victimarios del peor pasado histórico de la provincia. Y en el nombre de la memoria, se olvidaron de todo. Incluso de sus propias tragedias.

Que eso se rompe apenas empiezan a notarse las diferencias de intereses. Apenas vuelva el pulso privatizador de Perotti. Apenas quede margen de acción para volver a gestionar inmoralmente la cosa pública. Apenas los docentes descubran que vinieron a quitarles los derechos que ganaron en la última década. Apenas el estado se empiece a desentender de las víctimas de los desastres, como en 2003 o 2007. Cuando las bases comiencen a insultar a sus dirigentes por complicidad con el ajuste.

Quieren un fusilamiento público para Miguel Lifschitz. Un linchamiento verbal. Un cascoteo ejemplificador. Un lección para que aprendan: «Somos nosotros, estamos de vuelta acá, y hacemos lo que queremos».

En un mal momento para el país y para la Provincia. En medio de la crisis económica y social que deja el macrismo y que amenaza con convertir al país en un reguero de pólvora infinito. Y los «muchachos» vienen en manada, a apretar a los adversarios. A ponerle la rodilla en la nuca al que no acepta la invitación. A amenazar a propios y extraños, con futuras sanciones. Nada de «mejores». Vuelven con la espuma incontrolable que les moja las mandíbulas duras.

Que no. Que se va la última de tres gestiones que modificaron sustancialmente a la provincia. Gestiones que serán recordadas por la transparencia, por la libertad, por la inversión pública, por el diálogo, y por la creación y la protección de los derechos de las mayorías. Que no se va un gobierno neoliberal en Santa Fe. Pero para ellos, todo da igual.

Que Santa Fe no es Catamarca, ni Santiago del Estero, ni Chaco, ni Tucumán, ni la Formosa de Isfrán, ni la Matanza de los sobres con billetes de mil pesos adentro de las boletas dobladas.

Que no será poniéndole un kilo de «merca» a los periodistas que cuestionen la solución a sus problemas con la libertad de expresión. Que no será mandando a la policia a hacerles allanamientos a los opositores. Ni será ejercitando la violencia en todas sus expresiones, el modo de resolver nada.

Un manoseo incomprensible. Un matoneo innecesario. Un comportamiento que roza el fascismo, tantas veces desmentido y disimulado.

No. Que no vuelven a gobernar en soledad. Que hay una segunda minoría fuerte. Que no tendrán ni mayorias en la Cámara de Diputados, ni los dos tercios en el Senado. Que esta provincia no es la que era hace quince años. Que ni la Justicia, con todos sus defectos es la misma. Que a los ministros ya no los ponen los Obispos. Que a las Obras Públicas se las hace con transparencia. Que 250 de los 365 Municipios y Comunas serán gobernadas por el Frente Progresista. Y si, que el gobernador Lifschitz se va con una imagen pública muy alta, y con una popularidad que lo convierte en natural candidato en 2023. Y no habrá operación de prensa con SMS pagos, vaya a saber con qué fondos, ni medios pagos que puedan borrar la gestión de un hombre que entre otras cosas, caminó cada pueblo y cada ciudad de la provincia, inaugurando obras. Mejorando la vida a la gente. Y eso no tiene solución. Ni se sanciona con Juicios Populares, «en nombre de quienes no tienen el gusto de conocerlos».

Vuelven, si. Porque un 43 % de los santafesinos lo decidió en las urnas. En un proceso transparente, con un sistema electoral que no admite trampas ni punteros. Contra toda las mentiras que habían inventado, antes de las elecciones. Pero enfrente hay un 57% que no los votó, y no los votarán jamás, si la idea es volver a la amenaza.

Vuelven, si. y tendrán la responsabilidad de gobernar, en principio, los próximos cuatro años. Con niveles muy altos de calidad de gestión, incluso en seguridad. Y tendrán que demostrar que saben lo que tienen que hacer. Que no alcanza con las ganas, el griterio, y los desplantes públicos.

Vuelven, si. Pero no les resultará sencillo gobernar sin voluntad de acuerdos. Sin respetar a las minorías. Ni silenciando a la prensa. Ni apretando a los medios. Ni amenazando a los dirigentes con asuntos de alcoba.

Vuelven, si. Pero a gobernar. Que de eso se trata esta historia. Y que todo este festival de violencia implícita no los ayuda en nada. El 11 de diciembre, después de los festejos, hay que gobernar. Y por lo que se anticipa, no parecen tener muy claro ni qué ni cómo.

Y en dos años, sólo en dos años, la gente vuelve a votar. Y las facturas se pagan.

Vuelven en manada y apretando. Parecen no haber entendido nada de lo que ocurrió en la provincia en los últimos doce años.

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