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Reflexiones en el encierro II : Domingo, lunes y martes.

Dormir acorta los días. Eso no es un hallazgo, pero si una recomendación. Estirar el amanecer en la cama cómo solemos desear cada día en el que nos toca madrugar, es un primer buen intento. Mi mujer salió muy temprano de casa. Fue a comprar algunas cosas y volvió con una sonrisa: «No hay nadie afuera». La cuarentena se respeta casi de manera total en esta zona de la capital entrerriana. Al menos a esa hora. Su sonrisa era honesta y llevaba cierto alivio. Los que nos quedamos encerrados estamos enojados con aquellos que no comprenden la importancia de aislarnos. Y se produce una nueva grieta social, que empieza a viralizarse.


Hablé con un par de amigos médicos. Las dos charlas me dejaron otra vez, sensaciones de tristeza. Ya no hubo despedidas ni cuestiones épicas en la charla. Ahora de lo que hablaban era del compromiso de los empleados de la salud pública. Uno, el de Santa Fe, me explicaba la extensión de la pandemia. Los posibles efectos sobre la zona si no se toman medidas extremas. El otro, de este lado de la orilla, prefirió referirse a su preocupación por la falta de preparativos. Y no faltó el tema salarial: «Un médico cobra 40 lucas por mes, y con eso le están pidiendo que vayan al frente, exponiendo sus vidas». Preferí no entrar en la discusión. Igual me quedé pensando en la fragilidad de todo: Un médico en nuestro país, cuesta 40 lucas al mes. Un Docente, 35 lucas. ¿ Cómo se teje el compromiso social sobre esas bases? Ojalá la situación nos ayude a resolverlo, pero después. Hoy, dependeremos de ellos, del compromiso que les nazca, y de las condiciones que les ofrezca el Estado para trabajar.


Hice un asado. Debe haber sido el asado más triste que recuerde haber hecho. Me costó recordar cuantos asados habiamos hecho para nosotros solos, y no pude recordarlo. Los asados son sinónimo de encuentro, y prender el fuego es el prolegómeno del sonido del timbre, que anuncia la llegada del ruido, los gritos, las pelotas picando de los hijos de los amigos, las bromas que se hacen cuando se deja el vino en la mesa y el acostumbrado :»Perdonáme el Malbec». Nada de eso sucedió hoy. Y nada esperábamos. Aún así charlamos los cuatro. Y al final, por suerte, hubo fuga adolescente a la hora de levantar la mesa, y lavar los platos. Esas rencillas no tienen que ver con el encierro. Eso no cambia en casa.


No prendo la televisión. En los últimos tiempos descubrí que la tele es una máquina de rellenar tiempo. La necesidad de la imágen obliga a los productores de televisión a poner cualquier cosa, en cualquier momento. Da igual quien hable y desde dónde. Igual hago el intento en la sobremesa y me encuentro con una grata novedad: En TN, Virginia Priano, santafesina, contaba cómo iban las cosas en Milán. Olvidé todo lo demás y le mandé un mensaje al padre. Aún en la angustia que implica la lejanía, supuse que manifestarlo era solidario. El respondió: Gracias. Y me lo imaginé con un nudo en la garganta.


Lo de las cárceles de Las Flores y Coronda es un espanto. La Defensora me dijo que había anticipado hace diez dias que la situación se podía salir de control si no llevaban los articulos de limpieza. Y pasó. Las imágenes son infrahumanas. Vi un cuerpo sin cabez, y vi, también, dos cuerpos quemados. ¿El horror se puede justificar en el marco de esta Pandemia?. Santa Fe no tenía estas situaciones desde 2005. Entonces gobernaban los mismos que gobiernan hoy. La falta de política es grave, la administración de las situaciones de emergencia requiere de personal capacitado. No hablo desde la mala fe, hablo desde la convicción: habiamos avanzado mucho en la provincia. La gente que se encargaba de cada área sabía de lo que hablaba y tenía respuestas técnicas. Hoy parece que volvimos al viejo modelo de ocupar sillas y cobrar sueldos. No importa si el funcionario sabe o no de la materia que lo obliga. Es la consecuencia del marketing. Ojalá la próxima no nos equivoquemos de esta manera.


Empezamos a transmitir desde casa REC. La comunicación con algunos cientos me entusiasma. La libertad de poder decir lo que tengo ganas de decir también me saca del encierro. El encierro es entre otras cosas,eso: no poder expresarte. Lo hacemos con los límites que tenemos, pero lo hacemos. Y así siento que estamos aportando algo, muy poco, pero algo al fin, al ahogo de tantos miles.


¿ El mundo será mejor o peor después de esta historia? Todavía no sabemos cuando podremos salir de casa, ni cuantas vidas vamos a perder en el pico de la Pandemia. Aún así muchos exploran la fantasía del futuro. No soy un especialista en economía, ni puedo estimar el daño que nos ocasionará este tembladeral. Lo que si entiendo, es que el Coronavirus vino a ponerle freno a un modelo de consumo que nos estaba matando. Ojalá cuando todo acabe, los organismos internaciones empiecen a ver que la vida humana es el centro de todos los intereses, y no sus ganancias. Soy un ingenuo, probablemente, pero así como la naturaleza empieza a expresarse con belleza en este «stop» del mundo, confío en la condición humana. No me rindo. Creo que el mundo puede ser mejor mañana. Aunque habrá que empujarlo, y será nuestra obligación contribuir a eso.


Es 24 de marzo, claro. Creo que la memoria está manoseada y partidizada. Ni olvido, ni perdón. No tengo dudas. Pero nadie es dueño de la historia. Y la nuestra ya lleva más de 44 años nuevos. Hay que ocuparse del pasado, si. Pero más del presente y del futuro.


Mis hijas están cocinando. Me gritan para que ponga la mesa. Es martes a la noche y me empieza a pesar el día. Hoy empecé a leer una novela de Irving que tenía postergada entre otras. Me duele leer y ver películas donde el mundo es normal, y los incidentes ocurren en una sociedad que tiene libertad de movimiento. Lo que vivimos es una pesadilla, claro. Pero me llaman a cenar, a poner la mesa. Voy por obligación, claro, pero por ellas. Como todo lo que hago.


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