Max Weber, Moreno y la Casa Gris

Se cumplen hoy- 14 de junio- 100 años de la muerte de Max Weber. Victima de la «Gripe Española». Una casualidad en tiempos de pandemia. Esta semana hablé con el todoperonista Guillermo Moreno, y en Casa Gris se debaten entre ser o caer al vacío, tras las decisiones desde Buenos Aires sobre Vicentín.

Aún resuenan en mis oídos las palabras de Guillermo Moreno, peronista. «El peronismo, por doctrina, es capitalista y no penetra en la propiedad privada». Una definición casi religiosa, que sale de la boca de un ortodoxo del peronismo. De esos peronistas que rezan los libros del general y se observan a si mismos como obligados a cumplir los juramentos.

En estos días, casualmente hoy, se cumplen 100 años de la muerte de uno de los padres de la sociología, el alemán Max Weber. El hombre que, interpretado parcialmente, ha servido siempre como justificativo para no hacer lo que se debe hacer, sino lo que se puede. «La ética de la responsabilidad» decimos desde que tengo memoria y lo aprendí en las inolvidables clases de la gran Bichi Tessio en la facultad de Derecho de la UNL, oponiendolo siempre a la «etica de las convicciones» y dejando a esta última en un lugar cercano a lo indecoroso.

Weber es el elegido generalmente para justificar la falta de convicciones, o la falta de firmeza en la defensa de las convicciones. Con él, muchas veces los dirigentes políticos- muchos de ellos alejados de la burocracia capacitada que el mismo Weber nos enseñó- terminan rindiendose a las conveniencias y a las encuestas, antes que a los «principios» que dicen defender.

En Casa Gris por estas horas, no piensan ni en Perón ni en Weber. Sólo intentan acomodarse en un tablero que le patearon sin avisar. Todo lo demás, incluso la Pandemia, está en la órbita de otra dimensión.

¿WEBER Y PERÓN, UN SÓLO CORAZÓN?

Para un peronista ortodoxo, no hay Weber en la jerga, porque para ellos, sólo habló Perón. Ellos «interpretan» la doctrina del General y la ubican donde se les antoje, dependiendo de las necesidades del momento. De sus necesidades, primero, y de las del país, después. No hace falta ser un sabio: Peronistas somos todos, repite Guillermo Moreno, mientras recuerda el último discurso del General, el 12 de junio de 1974 como un mandato divino: «Ese día nos explicó el camino»

Ese día Perón dijo: “ha llegado la hora de que pongamos las cosas en claro”, y que “hay muchos que quieren desviarnos en una o en otra dirección”. Sin embargo, pedía al pueblo paciencia y prudencia al advertir que “frente al engaño y frente a la violencia, impondremos la verdad, que vale mucho más que eso” y que «no queremos que nadie nos tema; queremos, en cambio, que nos comprendan”.

El peronismo interpretó mejor que nadie, en todas sus versiones, el reduccionismo que se hizo del pensamiento de Weber. La invocación de la necesidad, de la responsabilidad del momento derivó en la justificación de las aplicaciones de las políticas que convinieron en cada gobierno.

En un contexto de expansión, el peronismo fue estatista y apostó al desarrollo, en etapas de constricción, llevó el liberalismo económico a los extremos, y dependiendo de los vientos que soplaran en el continente, fue nacionalista, aperturista y continentalista, según ocurriera el tiempo histórico. A diferencia de los breves interregnos de otros colores, el peronismo alternó entre la épica de las convicciones y la ética de la responsabilidad, siempre mencionando el mismo objetivo: la felicidad del pueblo.

Cuando gobernaba Cristina, Vicentín era una empresa de la burguesía nacional, y el Banco Nación le daba decenas de miles de millones. Cuando gobernó Macri, con la advertencia de que la empresa ya estaba camino al quebranto, también le dieron miles de millones, pero entonces la empresa ya no era otra cosa que una empresa familiar vinculada a la oligarquía agroexportadora. Si usaramos a Weber ayer, sostener a Vicentín era un asunto de responsabilidad del estado. Hoy, expropiar Vicentín, intervenirla a través de un decreto, es un asunto de convicciones. ¿ Que cambió?

Los politicos del mundo, y especialmente los gobernantes argentinos, han manipulado a Weber, parcializandolo siempre. Todos se quedan con la idea de que la tipología de Weber solo sostiene la superioridad de la ética de la responsabilidad, sino que utilizan la expresión “ética de la convicción” como una etiqueta reprobatoria. El político que se guía por esta aparece como un ingenuo, o en el peor de los casos un fanático, obsesionado por la pureza de sus ideales, pero ciego a la complejidad de lo real e incapaz de atender a las consecuencias de sus actos.

La ética de la convicción sería la pauta de conducta del político irresponsable; el buen político, por el contrario, solo puede adoptar la ética de la responsabilidad.

Y pamplinas. El buen político era para Weber otra cosa: Para él la política requiere pasión en primer lugar, pues consiste en la entrega a una causa y a los ideales que la inspiran. Pero esa pasión responde a la importancia real de una causa y presenta fines objetivos, sin nada que ver con la “excitación estéril” a la que tan dados son los intelectuales. Debe ir acompasada con el sentido de la responsabilidad, que es lo que echa en falta en no pocos de los colegas y estudiantes envueltos en el torbellino revolucionario. “Es ese un ‘romanticismo de lo intelectualmente interesante’ que gira en el vacío, desprovisto de todo sentido de la responsabilidad objetiva.” Pero agrega, para despejar cualquier manipulación de su tésis : “La pasión no convierte a un hombre en político si no está al servicio de una ‘causa’ y no hace de la responsabilidad con respecto a esa causa la estrella que oriente su acción.”

Weber deja sentado que la responsabilidad es un elemento que puede detener o demorar decisiones, pero que todas las acciones deben estar destinadas a cumplir con la causa. La causa, en la boca de todos los políticos de los últimos cincuenta años ha sido más o menos la misma. Pero la «Responsabilidad» se usa para justificar los caminos contrarios a los objetivos de esa causa. Endeudar nunca puede ser el camino para el desarrollo, sino se establece un plan que lo prevea. Matar nunca puede justificar la defensa de la vida, a no ser que estemos matando a un genocida. Expropiar sin ley, nunca será un peldaño para alcanzar la defensa y el respeto de la institucionalidad. Aunque en los discursos lo digan. En los discursos se puede decir cualquier cosa, siempre.

En los hechos, la política argentina no ha trazado éticas que desarrollen ningún modelo sustentable. Ni desde las convicciones, ni desde la responsabilidad

EN CASA GRIS SE QUEMARON LOS PAPELES

Todos esperan que Omar Perotti rompa el silencio sobre el asunto Vicentin. Ya tenía demasiados problemas y el Presidente lo puso en la obligación de elegir. Su gabinete estalla, especialmente por el lado del dos veces renunciante Daniel Costamagna, Ministro de la Producción.

Perotti, por primera vez en su vida, ocupa un lugar desde donde no se puede hacer el distraído. Apoyar al presidente lo convertirá en un «héroe» del ala dura del Kirchnerismo pero le resultará dificil sostener la gobernabilidad con los sectores del agro que fueron sus principales aliados electorales. Pero decidir enfrentar la decisión presidencial, lo puede convertir en un paria frente a la gestión nacional, y su coalición endeble de «peronistas somos todos» volará por los aires. La primera consecuencia, claro, será la falta de recursos. La segunda, una segura derrota electoral en 2021, lo que convertirá a su ya pobre performance, en un desesperado ruego por el paso del tiempo. Juegue como juegue, Perotti pierde.

Una vez más, sobrevuelan las elecciones de las éticas. Un asunto hasta hoy nulo en la cabeza del mandatario. Que seguramente leyó a Weber, pero del que no hay registros que lo haya utilizado alguna vez. Perotti, como deciamos en nuestra nota anterior, sólo ejercitó la ética de la conveniencia, un asunto que el sociologo alemán, nunca imaginó que pudiera existir en la mentalidad de un dirigente político. O al menos no de manera tan obvia.

Perotti deberá resolver en las próximas horas que hará prevalecer frente a la sociedad. Si sacará el fuego sagrado del lider y se dispone a liderar un proceso de defensa de los intereses provinciales o si cede ( y profundiza) su labor de delegado presidencial.

A Costamagna le juró el sábado a la mañana, que lo esperara. Que va a «romper y lo necesita al lado». En Buenos Aires, en cambio, dan por descontado que el «Gringo» no tiene ninguna capacidad para enfrentar al Presidente, y mucho menos a su vicepresidenta.

Quemados los papeles del automático, Perotti se debate en el laberinto weberiano. Un asunto nuevo para él: tener que decidir por las convicciones o por la responsabilidad. Y lo peor: tener que resolver en que casillero pone a cada una de ellas. Un asunto que tampoco tiene claro, porque no estaba preparado para este tipo de debates.

En eso, Moreno, el peronista ortodoxo, le saca ventajas. El Kirchnerismo también. Y el peronismo, ya se sabe, es el más weberiano de todos los movimientos políticos : hará lo que le convenga, le resulte cómodo o no a Perotti.

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