Carta para la gente que quiero

Hola a todos. Ya saben quienes son, supongo. No me voy a poner a nombrarlos ni a enumerarlos, porque son muchos por suerte. Aún así, cuando escribo esto tengo la imagen clavada de mis hijas, mi familia, mis amigos y la gente a la que quiero de manera intensa. Por ellos y por mi, claro, tengo miedo y necesito escribirlo.

Es raro, porque yo vengo combatiendo al miedo desde hace muchos años. Reniego del miedo como motor de nada. El maldito miedo es, en general, una máquina de anular libertades y trato de no jugar en su equipo, después de haber sido su socio durante años. El miedo no es un buen aliado, pero esta vez se posó de nuevo en mi ventana y una buena forma de empezar a ahuyentarlo es mencionarlo y enfrentarlo.

Tengo miedo, si. A la muerte en principio, a la de los otros. En poco tiempo se fue gente querida e importante para mi. Y no quiero que se vaya nadie más. Tampoco quiero que se enfermen, que sufran, que se lastimen. Ni que tengan miedo. El miedo inhabilita, y si tienen miedo, sufren ellos y con ellos, yo.

No. Tampoco quiero morirme, obvio. Y menos morirme sin que nadie me pueda despedir.

También tengo miedo a morirme, si. Y algo peor: a sufrir como consecuencia del COVID, una larga agonía. En este caso, también, me da miedo hacer sufrir a los demás. Me los imagino, yendo a un hospital una vez por día. Sin posibilidad de vernos y el frío me corre por todo el cuerpo. No quiero estar sólo, con gente que se parece a astronautas midiéndome el aire o las pulsaciones, y saber que los que quiero que estén ahí, no puedan estar. Ni quiero que sufran, ni que se desvelen, ni que se sientan a rezar por mí antes de apagar la luz, con miedo a saber de nuevas apenas amanezca.

La muerte de los otros, claro, me duele mucho más que la que «a mi me ronda», al decir de Sabina. Y no me aguanto más el desgarro que implican.

Cuando pienso en todas estas cosas, me angustio y siento que el pecho me revienta. De impotencia, en principio. Y de mucha tristeza, porque es posible que cualquiera de estas cosas sucedan. Siempre, a cada momento, es probable que algo de esto pase, me pase o les pase a los que amo. Pero ahora, en medio de esta guerra, mucho más.

Pasando del miedo, haciéndole aspavientos, escribo esto para repetir lo obvio. Para recordarles que esto, más temprano que tarde, terminará. Y aunque todos sabemos que antes de que eso ocurra, nos seguirá golpeando las narices y nos seguirá arrancando un pedazo de cuerpo, es necesario volver a decir: cuidémonos. No subestimemos al rival, no descuidemos la defensa, no dejemos espacios que pueda aprovechar en segundos y nos termine metiendo el gol que estuvimos evitando durante tantos meses y meses.

Ya sé todo. Que los gobiernos, que las vacunas, que la economía, que todo lo que escuchamos y decimos y parecen no entender los demás.

Hoy es imposible hacer NADA con todo eso. Tenemos que esperar que pase la tormenta, que cese el bombardeo, que el cielo despeje y que el sol vuelva a salir. Entonces si.

Por ahora, sólo CUIDEMONOS, y eso es todo. Después la suerte juega sus cartas y hay cosas que ya no dependen de nosotros. Pero no hagamos lo que no hay que hacer. No sigamos creyendo que somos invencibles o confiando en nuestra fortuna. El bicho anda dando vueltas y al acecho, y por ahora, no hay otra solución que esquivarlo. Si nos toca hoy, no tenemos camas, ni equipos médicos que suplante a los que tenemos, ni estructuras que soporten un enfermo más. Y si nos toca, es posible que no tengamos adonde ir.

No nos dejemos llevar por el enojo, no sirve para nada.

No tratemos de torcer individual o en grupo, lo que nos afecta a todos.

No permitamos que el asalto emocional nos empuje a hacer lo que sabemos que no tenemos que hacer.

No creamos que se trata de de disfrutar la vida, mientras cometemos acciones que pueden significar perderla o ponerla en peligro. A la nuestra y a la de los demás.

Encerrarnos en casa, es agobiante. Dejar de juntarnos entristece. No poder vernos genera impotencia. Pero peor será saber que ya no lo haremos nunca más.

La vida es, a pesar de todo este tiempo de brumas y dolores, la mejor instancia que conocemos. Todos tenemos lugares adonde queremos volver. Todos tenemos cuentas pendientes y reencuentros soñados. Todos imaginamos esa fiesta masiva repleta de abrazos y besos.

Por ahora, otra vez, y ya sé que cansa, nos toca quedarnos lejos de todos los demás. Y cerca de quienes podamos.

Cuídense, porque no quiero más llantos. Cuídense porque no aguanto más pérdidas, ni mensajes en las redes rogando por quienes pelean a cada segundo por un poco de oxígeno.

Cuidense porque los amo, porque los necesito, porque los extraño, porque tenemos muchos planes para concretar en el futuro y no quiero que esto se termine.

Cuidense por favor, porque si no lo hacen pondrán en riesgo a los demás, entre los que se encuentran otros tantos a los que amo y necesito para vivir.

Yo me cuido, se los prometo. Y espero paciente mi turno para mi vacuna. Y además, espero con ansias que las vacunas les lleguen a ustedes incluso antes que a mi.

Que no nos gane el miedo, por favor. Que no tengamos razones para extender esta convivencia con él.

Yo sé que esto va a pasar, que va a salir el sol. Y quiero que estén todos, que no me falte ni uno más.

Los quiero, los necesito. Abrazos a la distancia.

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