Rosario no sangra por casualidad

No es casual, nada es casual. No es un capricho del destino que, desde diciembre de 2019, fecha en la que asumieron las actuales autoridades santafesinas, se hayan incrementado los crímenes, los robos y la violencia en Rosario y en toda la provincia. No fue inocuo el paso de Marcelo Saín por el Ministerio. No fue poco el daño que generó internamente en las fuerzas policiales, ni se pagaron baratas las operaciones del verborragico espía porteño en la legislatura, en sus manejos irregulares del MPA y también, en la zancadilla que le propinó al primer jefe de la policía de Perotti, Victor Sarnaglia.

Hoy Rosario paga el precio de ese perverso juego de poder del ex ministro, de su  acumulación de dinero para gastos discrecionales  y de la corrupción que se desnudó ante cada intento de compras desde la cartera. Autos, Motos y Armas direccionadas para beneficiar a empresas amigas, sin pensar en las necesidades concretas y operativas de la fuerza.

Saín dedicó el año y cuarto que tuvo a cargo el Ministerio para formar una estructura de decenas de asesores porteños, amigos de facultad, alumnos avanzados de sus cátedras en las Universidades creadas por el kirchnerismo, para controlar todas las áreas. Especialmente las relacionadas a las compras.

Desató una interna innecesaria con el ex Jefe Victor Sarnaglia, y todos sospechamos que le “inventó” un papelito que apareció en un allanamiento. Y con esa excusa lo hizo renunciar. Y Perotti, presa fácil del Capitán América o víctima de sus carpetazos ( nunca lo sabremos, hasta que la información alguna vez salga a la luz) entregó la cabeza del único funcionario que tenía ascendencia sobre la fuerza.

Descalificó hasta la humillación a los policías. Los maltrató, los amenazó, los calificó de “negros brutos”, dijo que con “esta fuerza” éramos Uganda, y se dedicó a hacer operaciones para espiar a políticos y periodistas, para tenerlos a raya. Para mostrarles cuan larga tenía la manija.

Usó irregularmente al MPA, en el que se encontraba con licencia, para usar información contra las personas que pretendía descalificar, y junto a dos fiscales que le respondieron de manera religiosa ( o temerosa), puso toda la energía para combatir “ el negocio del juego ilegal”. Un asunto definitivamente menor, frente a la ola de crímenes y muertes que arreciaba a Rosario.

Lo de menor es en comparación al retorno notable de las bandas narcos a las calles de Rosario. Hasta Perotti y Saín, la policía y la justicia santafesina habían desarmado a casi todas, las habían encarcelado bajo figuras que pudieran ser resueltas por la vía ordinaria, y lo que seguía era mantener el plan que estaba dando resultados: había bajado la violencia, habían bajado los crímenes, las bandas estaba casi desarticuladas y Rosario estaba recuperando las calles.

Pero no. Saín rompió lo poco o mucho que se había armado, y lo vació. Desarmó a la policía, les quitó patrullaje, limitó los montos para la recarga de combustibles, no les compró armas nuevas, no les entregó los uniformes en toda su gestión- que cuestan casi 70 mil pesos- y los puso bajo un rigor inexplicable: los jefes de unidades duraban un mes o dos. Los jefes cambiaban a la semana, perdían autoridad, y la policía- con los buenos incluidos- perdió ánimo, y dejó de trabajar. Odiaron al Ministro, le temieron por las sanciones absurdas, por los pases a retiro ridículos, por las facturas que les pasaba a los agentes que habían sido jerarquizados por las gestiones anteriores y eso se empezó a notar en una cosa especialmente : las calles se volvieron cada día más brutales, las bandas recuperaron los territorios, y los soldaditos volvieron a resolver a balazos las cuentas. Desde las cárceles, con telefonía fija, Los Monos  ordenaron crímenes, y las otras bandas, devolvían las gentilezas.

Saín se terminó yendo porque la compra de armas preparada para una empresa israelí- la misma que está acusada de haber facilitado equipamiento para escuchas ilegales en Francia- fue denunciada por la empresa argentina BERSA. El propio ministro Walter Agosto la rechazó, y el Tribunal de Cuentas denunció la escandalosa maniobra. La justicia está en plena investigación y no se descarta que esta causa termine llevando a la cárcel al exministro. O al menos lo termine obligando a rendir cuentas en calidad de procesado, en pocas semanas.

A sus internas con la oposición, con los senadores del Peronismo, y con todos aquellos a los que se le ponían adelante, le agregó el intento de quedarse con el control y la caja del Servicio Penitenciario. Corrió al ruidoso Director del Servicio, Héctor Acuña, y liberó la zona al mando de su reemplazante Jorge Bortolozzi. El Jefe siguió siendo Walter Galvez, un pastor evangélico que durante la pandemia se dio el lujo de celebrarle el cumpleaños de 15 a su hija, con una fiesta para 200 personas. Y Perotti lo confirmó en el cargo. Del mismo modo que los confirmó con Bortolozzi, después de fugas vergonzosas en Piñero y en Coronda.

Se supone que Saín se fue, pero en calle Primera Junta todos saben que sigue más presente que nunca. Que hay un Ministro nuevo que sólo atinó a preservar la existencia de los gastos reservados, y que cada tanto sale a sacarse fotos en operativos insignificantes para la seguridad pública.

LOS AMIGOS DE SAÍN QUE SIGUEN A CARGO DE LA INSEGURIDAD

Saín “se fue”, pero dejó rodeado a su “sucesor” Jorge Lagna. Especialmente por  quien se considera su mano derecha: Germán Montenegro, un cuadro universitario que responde a Saín de manera exclusiva, y que después de dos años mantiene el domicilio en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Junto a él, se quedaron otros porteños como Maximiliano Novas en la Secretaría de Coordinación Técnica y Administración Financiera. Novas fue el encargado de armar la casi compra de armas a Israel, está apuntado como autor de la tentativa de compra irregular de los armamentos, pero sigue comprando todo lo que compra el Ministerio. Otro nombre del “team Saín” que mantiene poder es el Subsecretario de PREVENCION Y CONTROL URBANO – paradójica función- Alberto Mongia, que se destaca por ser miembro de una organización nacional ligada al Kirchnerismo, y especialmente por mantener su domicilio y su vida “civil” en Quilmes, en la Provincia de Buenos Aires; finalmente otro nombre pesado : Rodolfo Hector “coqui” GALLARDO, Director de la Agencia de  investigación Criminal. Su apodo apareció en los audios que la Auditoria del MPA, encontró como pruebas del uso discrecional del organismo por parte del entonces ministro, a través de su confesa “empleada” Débora Cotichini.

La gestión de Lagna no trajo ninguna mejora, ni dispuso ningún cambio en la planificación policial. Los azules mantienen la distancia y en general reconocen que el hombre es menos ruidoso que el jefe anterior, pero “que no sabe nada”.

Tras estos dos años perdidos en la acumulación de recursos en Plazos Fijos, en ahorros en nafta, uniformes, compra irregular de armas , abandono de los vehículos casi nuevos sin otorgar presupuestos para su reparación, y especialmente destinados a buscar “ensuciar” a propios y extraños, tratando de cumplir lo que terminó siendo una gran estafa : las pruebas del vínculo del “Estado con el delito”, como dijo el gobernador en su acto de asunción, ofendiendo a Miguel Lifschitz que lo escuchaba asombrado.

No sólo no probaron nada, sino que desarticularon la institucionalidad en Santa Fe. Pusieron en riesgo la gobernabilidad- que Perotti se termina jugando a matar o morir en una interna el próximo domingo contra Agustín Rossi- sino que terminaron abandonando la función principal para la que los habían votado.

No llegó La Paz ni el Orden, obvio. Pero ni siquiera fueron capaces de poner en marcha alguna política que generara inteligencia, prevención y control del delito en las calles y en las cárceles.

Lo hicieron, además, en un momento en el que por desafortunado que fuera- hablo de la Pandemia- ofreció la chance de mayor control de las calles. Ni siquiera esa circunstancia fue aprovechada, y al revés del resto de las provincias, en Santa Fe y especialmente en Rosario, el delito creció. Los homicidios se dispararon y en este 2021, en ocho meses hay ya más muertos que durante todo 2019.

A esta altura, tanto despilfarro, tanta inoperancia y tanto abandono terminan dando resultados: la ola de homicidios en Rosario no es un asunto estacional. Ni se puede plantear como una cosa que sucede casualmente en días electorales.

No. Lo de Rosario es el pico de un proceso anunciado que se viene diciendo- en muy pocos lugares, donde la pauta no aprieta- y que muy pocos quieren escuchar.

Lo de Rosario no es el “abandono” de las fuerzas federales (solamente). Las fuerzas federales hace años que no actúan en la provincia, y cada vez que vinieron, montaron escenas y se fueron. Con los Kirchner y con Macri. Lo mismo se puede decir de la Justicia Federal, que no condenó a ningún narco en décadas.

Lo que pasa en Rosario, y parece que al intendente Pablo Javkin le cuesta decir, es que fue abandonada por el gobierno provincial. Que dejaron las calles para que las retomen las bandas, que desarmaron a la policía, y que todos los esfuerzos que se hicieron fueron para saldar sus cuentas internas, y no la seguridad publica.

No es una ola. Es el océano de la falta de gestión. Y ahora, es muy difícil pararlo

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