Nosotros, las drogas y la narcohipocresía

A cierta edad, casi todos tuvimos contactos con las drogas ilegales. Todos, absolutamente todos, con las legales y de manera ilegal. A cierta edad todos sabemos de dónde viene la plata de nuestros conocidos. Vivimos a seis o a quince cuadras del kiosquito adonde venden y sabemos quienes son. Todos tuvimos contacto con adictos. Algunos los vimos morir o escaparse. Sin embargo, seguimos hablando de «combatir al narcotráfico», cómo si no fuéramos parte de él. Cómo si no fueras cómplices. Cómo si de verdad no supiéramos cuales son las soluciones, que nunca o casi nunca, que nadie o casi nadie, se anima a gritar.

A los 16 años, con un grupo de amigos volvíamos de Sacoa a la casa de uno de ellos. En la puerta nos paró un grito desgarrador: Jorge, el marido de la hermana de nuestro amigo se había «picado» con micromorfina y estaba muerto. Dejó a un pibito de un año, que después nos encargamos de seguir ayudando a cuidar, entre todos. Ese día, creo, se terminó para siempre nuestra ingenuidad. De un sopapo.

A los 18, me llevaron a una fiesta en la casa de unos estudiantes entrerrianos, en pleno centro de la ciudad. En el centro de la mesa había una bolsa de la que se servían cocaína. La casa estaba llena de gente y vi bailando a un par de docentes míos, en la multitud.

A la misma edad fumé mi primer porro, en el fondo de la casa de un amigo. Y en esos mismos días, me topé en el baño de la facultad de derecho con el «Tambor», un viejo amigo de la infancia, con la nariz sangrando y los ojos inyectados. Me pidió que lo ayudara, y lo saqué a la vereda que daba a Cándido Pujato. Lo llevé a la guardia de un sanatorio en mi moto. Fue la primera vez que escuché hablar de la presión arterial. Estaba al borde de un paro, me dijo un enfermero, cuando me lo «devolvieron» para que lo llevara a su casa en la Costanera. ¿ Alguna vez probaste Cocaína? me preguntó Tambor cuando subimos al auto. No. No pruebes nunca. No sabés lo lindo que és. Y le hice caso. Nunca la probé. A los pocos meses, los padres de mi amigo se lo llevaron a Suiza, para alejarlo de sus otros amigos y de su peor enemiga, la Coca. Hoy sobrevive, y tuvo mucha suerte.

En la misma Facultad me enteré de la muerte de un compañero. Murió de SIDA, lo murmuraban todos, y entonces también murmuraban que era adicto a las drogas duras, y que se inyectaba. Así se contagió.

A veces, muy de tanto en tanto, cuando puedo y se dan las condiciones, fumo marihuana. Puedo decirlo, porque me encargué de hablar con mis hijas de eso. Nunca compro, nunca acepto que me regalen, nunca tengo encima ni guardo en mi casa. Elijo fumar con mis amigos, en lugares donde no hay riesgos sociales. Y en la medida de lo posible, prefiero aquella que nace y se cosecha en las plantas de las personas que la consumen.

En el 2012, una droga legal me salvó la vida. Luego de sufrir durante muchos años un trastorno de ansiedad, acepté un tratamiento que me alejó de la depresión. Cada noche, de cada dia, tomo tres pastillas: una para la diabetes, otra para el colesterol, y la tercera, aquella que empecé a tomar hace diez años, para los neurotransmisores. Esa droga me alejó de mis peores sensaciones. Las otras dos, me ayudan a no morir de un infarto, en cualquier momento.

No tomo mucho alcohol. Durante años tomaba whisky a la noche. No consumo durante la semana, salvo en ocasiones muy especiales. Los fines de semana comparto algún Gin Tonic con amigos, o una botella de vino. El alcohol, es por lejos, la droga que más consumen mis conocidos. Muchos se emborrachan y se violentan. Vi a muchos degradarse y perderse en el medio de una conversación. A veces los veo con las copas postear, como si en esa droga encontraran el elixir de la felicidad.

Muchos conocidos eligieron desde hace dos años, consumir sustancias ilegales para «protegerse» del Covid. No los recomienda la medicina oficial. Ellos dicen que se trata de proteger el negocio de los laboratorios. Trafican, comparten, preparan, y viven en la clandestinidad del consumo. Como viven los miles y miles que llevan el papelito de cocaina en el bolsillo chiquito del jean. Cómo van los porros dentro del paquete de cigarrillos. Cómo van los blísteres con pastillas de diseño, en las plantillas de las zapatillas. Cómo circulan los pedacitos de ácido, que algunos amigos se llevan a la costa para pescar y hacer completo «el viaje»

¿ En qué casa no están a mano los antiflamatorios, los analgésicos, los miorelajantes, y una caja de Rivotril o alplax, para automedicarnos de las ansiedades y los dolores?

No hay diferencia entre quien se mete un miligramo de rivotril diario sin indicación médica y el que se fuma un porro, o el que se toma tres whiskies, o el que le compra al diller del barrio, un gramo de cocaina. Todos buscan escaparle a la angustia, al desasosiego, a la ansiedad, a las tristezas y al desgano que nos produce la vida cotidiana.

La ilegalidad de unas, y la legalidad de otras, las pone en lugares diferentes. Pero los efectos son los mismos, y cumplen las mismas funciones: aliviar, soportar, evadirse, salirse un rato de lo insoportable del mundo.

Tengo 53 años, y desde que tengo memoria, las drogas formaron parte de mi vida. Hace mucho tiempo que me cansé de la hipocresía de los que niegan que el problema es común. De los que creen que vivimos en las series de «narcos» que ahora pululan por las plataformas de streeming.

Las drogas, los consumos excesivos, las adicciones, son una marca de la era que transitamos. Todos convivimos con ellas, y si no lo sabemos ni lo asumimos, es porque no queremos verlo. Todos formamos parte del entramado de los consumos.

Nos asombramos porque la policia es cómplice del narcotráfico. Que los jueces y los fiscales son comprados por los narcos. Que la política se financia con el dinero narco. Y no entendemos que nosotros vamos a los bares de los narcos, vivimos en departamentos construidos con dinero blanqueado de los narcos, que compramos autos usados por los narcos, que convivimos en countrys con los narcos.

Si no aceptamos que esto se resuelve con un profundo sinceramiento, que sólo se puede resolver por la vía de la legalización de las drogas para que la competencia entre bandas pase por los precios y la calidad de las drogas y no a través de balazos.

Conforme al penalista alemán Kai Ambos, mientras no se equipare el narcotráfico a cualquier otro negocio legal, es imposible terminar con la narco-guerra. Lo que debería hacerse es desvalorizar al narcotráfico como negocio, porque multiplica las fuentes de violencia.

El estado, entonces, debe ocuparse de controlar la calidad de las sustancias, hacer campañas para desalentar el consumo y atender a los adictos.

El resto es lo de siempre: educación, salud publica, inversión pública y privada para generar empleo.

Para eso, hacen falta decisiones políticas mundiales, no argentinas, ni santafesinas.

Y por las mismas razones que todos sospechamos, ni EEUU ni Rusia, ni China, ni la UE, están poniendo el tema sobre la mesa de debate. El negocio y la ambición le siguen ganando al deseo de vivir en sociedades mejores.


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