Y la Pechu se fugó

La Pechu y el Jardín de las delicias.

Últimamente, los seres queridos se han adherido a esta forma extrema de fuga que es la muerte. Los agnósticos nos angustiamos mucho porque no sabemos adónde es que fugan. Ahí empieza a tallar la duda y se nos queman todos los papeles, porque duelen. Las muertes duelen mucho. Las prematuras mucho más. Y la de los que nos enseñaban, aún peor. Toda muerte cercana es una orfandad naciente. Una muerte parcial de nosotros mismos. Y la Pechu, nos mató un poco a todos con esta partida.Incluso a los que la esperábamos, para que se terminara su sufrimiento.

No me sumaré a los que prefieren hablar de ella desde ellos mismos. Me guardo para mí lo que vivimos, lo que nos significamos mutuamente, lo que nos quedamos debiendo y especialmente, la tortuosa distancia final. Tuve la desgracia, por esas casualidades del mundo, de enterarme antes que ella de su diagnóstico. Supe desde el primer día, que sus días se empezaban a terminar.

La Pechu era tantas cosas a la vez, que se vuelve imposible de sintetizar. ¿ Cómo es que aquella mujer sufriente hasta puntos insoportables, era a la vez tan indolente para decir las cosas que pensaba? ¿ Cómo hacía para distinguir con tanta claridad entre la tilinguería y lo profundidad, y convivir con las dos cosas con la misma naturalidad, sin que se notaran sus fastidios ?

Era tan humana que dolía. Percibía el pesar de las angustias y las injusticias desde lejos. No sólo se hacía cargo de sus incontables dificultades para vivir con mediana dignidad, sino que se ocupaba de buscarle soluciones a las dificultades ajenas.

Es muy difícil encontrar un sinónimo de empatía plena, como la Pechu. Ella sabía de abusos, porque fue abusada. Sabía de discriminaciones, porque se cansó de ser discriminada. Sabía de límites, porque los pisaba a cada instante. Sabía del amor y el desamor. Sabía de violencias porque fue violentada. Sabía de disimular el espanto, porque lo cabalgó. Del mismo modo que supo sufrir su deterioro, disimulando el insoportable dolor que la quemaba.

La Pechu nunca dictaba catecismo del pensamiento. Nunca, pudiendo hacerlo, se paró en un púlpito para decir «es por ahí», ni para tachar a quien se equivocaba. Sabía ponerse en el lugar del otro y especialmente, comprendía la complejidad humana para nunca, jamás, definir las cosas en blanco y negro.

Era la calle, y a la vez era el encierro. Era la fiesta y el velorio. Era la desmesura desbocada, y la elegancia. Era pasión y razón extrema. Era fútbol y programas de chismes, pero lo combinaba con lecturas de política y ensayos sociales, que le permitían entender todo, sin necesidad de exhibirlo.

La Pechu no repetía consignas, y si lo hacía, sólo era para referirse a su obsesión y leitmotiv: la pija.

La Pechu era sabia. Había aprendido del encierro, de la oscuridad, de las lecturas, del maltrato, de la maternidad, de su condición de hija de dirigente del Comunismo. Surfeaba al amor, desde las canciones de Leo Mattioli, y las más extrañas metáforas de Silvio Rodriguez.

Era amor, todo el tiempo era amor. Y tuvo siempre la piedad de no mostrar todo lo contrario, sobrada de razones.

Fue una mezcla tan rara, tan difícil de repetir. Tan desafiante que, a quienes la conocimos, nos incomodó para que pensáramos sobre el sentido de nuestra sexualidad, de nuestras maneras de relacionarnos con los otros y para que entendiéramos que la única manera de ser libres, es aceptarnos como somos sin fingir que somos otra cosa.

La Pechu se murió y es difícil tragarlo. «El tamaño de la pija es importante. Sobre eso se construyen las personalidades masculinas» me dijo una vez. Y cada vez que veíamos un auto grande pasar por delante de nosotros, no podíamos evitar reírnos porque para ella, «ahí iba una pequeña pija, tratando de equilibrarse».

Si el maldito cáncer la hubiera perdonado, estaba condenada a ser una referencia de la ciudad, más aún. Era la Alcaldesa por elección, pero su camino interrumpido le prometía, estoy seguro, un lugar de emblema a la libertad de los seres humanos, un espacio de representación de los distintos, de los diferentes. Ella no era normal, era demasiado.

Cómo con tantos otros que no soportaron este mundo repleto de ficciones, la Pechu se fugó. Y no podemos aceptar que no exista más. En algún lugar debe andar organizando fiestas. Liberada del estigma, de los aprietes económicos, de sus obligaciones y los falsos escrúpulos.

Que haya cielo o infierno, lo mismo da. Ella seguro que irá donde se pueda disfrutar libremente la nueva vida. Midiendo pijas y chusmeando con Fernando Peña. Bailando un rato con Leo, y otro rato con Karl. Siguiendo al Racing del lugar. Twitteando, eso si, sin agredir nunca a nadie.

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