Santa Fe, 11 meses D.M

Ayer se cumplieron 11 meses de la muerte de Miguel Lifschitz. En un mes vamos a recordarlo con toda la energía que imponen los aniversarios, especialmente siendo el primero. Hablaremos del hombre, del compañero de vida, del enorme dirigente, de su incansable capacidad para gestionar y también, claro, de esa vara alta, muy alta que dejó en las expectativas de todos los santafesinos. 11 meses después de Miguel, estamos mucho peor. Aunque casi se haya ido la pandemia. Aunque no suenen bombas en este punto del planeta. Santa Fe, 11 meses D.M.

Todo lo que podamos decir, aún duele. Porque está húmeda la herida. Porque hay quienes no salen del shock, y aunque repitan con la boca que lo entienden, parecen no terminar de aceptarlo. La muerte de Miguel Lifschitz generó el mismo dolor que generan las muertes tempranas e imprevistas, pero además, generó un hueco político imposible de ocupar. No se trata sólo de la pérdida humana. Se trata, sin lugar a dudas, de la pérdida política más importante de Santa Fe ( y probablemente del país) que más orfandad podía generar.

Miguel Lifschitz era una marca. Expresaba no sólo límites a la gestión de Omar Perotti, sino un nivel muy alto de expectativas de cara al futuro. Nadie duda, aunque resulte contrafáctico, que Lifschitz tenía asegurada la gobernación de Santa Fe en 2023. No hubo, en el año y medio que condujo la Cámara de Diputados y a casi toda la oposición, una sola mácula que le impactara en la imagen mientras desde el oficialismo- especialmente desde la siniestra figura de Marcelo Saín- se intentaba echarle la culpa de todos los problemas, a la «herencia». Aún hoy, y sin tener la mínima sensibilidad política, algunos funcionarios siguen repitiendo frases que pretenden esmerilar su recuerdo.

Lifschitz era todo lo que un dirigente debe ser:

Tuvo un plan de trabajo desde el comienzo de su gestión. Generó motivación en sus funcionarios. Desplegó un estilo de trabajo que se convirtió en un relato imposible de desmentir: Recorrió dos veces completa la provincia durante su gestión, y en cada pueblo y en cada ciudad, quedó una obra pública en marcha. Tenía días de seis o siete visitas distintas. Con excepción, parcialmente, de los lunes en los que reunía a su gabinete, el resto de cada una de las semanas lo ocupaba en recorrer y ver con sus propios ojos los avances de las obras, o el reconocimiento de la profundidad de algunos problemas locales, que abrían puerta a inmediatas respuestas. Ya sea económicas, ya sea con Obras concretas.

Fue un gobernador de acción y pocas palabras. Cuando prometía algo, no descansaba hasta cumplirlo. La acción era regla, y se enojaba mucho con los funcionarios que demoraban las realizaciones. Por eso, armó un gabinete de especialistas. Se quedaron los ministros que funcionaron durante la gestión de Bonfatti y agregó nombres nuevos, en general mujeres y jóvenes, que lo secundaron a su ritmo.

Todas las acciones de su gestión, estaban antecedidas por niveles de análisis profundos. Lifschitz no tomaba decisiones sin un análisis profundo previo. Una característica común en los grandes líderes era su capacidad para analizar los datos disponibles, y con esta información decidir la mejor estrategia a seguir para conseguir los resultados previstos. Los grandes líderes toman grandes decisiones, después de haber analizado con detalle toda la situación.

Santa Fe rompió con esa linea en diciembre de 2019. El reemplazo fue una antítesis. No sólo asumió un gobernador más preocupado por perseguir y castigar a los adversarios ( propios y ajenos), sino que se desató una parálisis de toda la actividad estatal, que engrandeció aún más a la figura de Miguel. A la acción, la sucedió la inacción. A la previsión, la improvisación. A los acuerdos, lo sucedieron las divisiones y los embates.

Esa era la realidad con Miguel vivo. Nada podía impactar peor que su inesperada muerte. Santa Fe ya vivía tiempos malos, claro. A nadie le escapa que la Pandemia produjo una especie de pausa en nuestras vidas y que mientras ocurrió, se disimularon asuntos graves, muy graves, que vinieron a quedarse tras ella, ya sin el principal referente de la oposición en condiciones de reunir de manera indisoluble, sino a toda, a casi toda la oposición.

Pero Miguel murió. Y se murió, entre otras cosas, por no haber aceptado ( y me consta, tengo un audio de él hablando del tema) ser parte del Vacunatorio V.I.P. Por no haber elegido el privilegio, ni el atraco al orden de prelación, que los tiempos imponían.

A nadie le escapa, también, que esa ausencia produjo un envalentonamiento de las peores caras del gobernador. El avance sobre asuntos que, en presencia de Miguel, probablemente hubieran tenido otro tipo de tratamiento.

Contra su voluntad, claro, la muerte de Miguel Lifschitz supuso un alivio para la nueva gestión. De golpe desapareció la sombra y el contraste. Y quedó la vía expedita para negociar con una fuerza inesperada, los proyectos que con ML, parecían imposibles de avanzar.

Entonces el triunfo del apuro, la consternación y el manoseo. El comienzo de una dolorosa etapa de imposible sucesión. El exodo, la división, las pequeñas internas, las elecciones nacionales, y un resultado que admite lecturas de todo tipo, pero una en especial: nadie consiguió ocupar el lugar de Miguel Lifschitz. Y no habrá, hasta que se consolide en el futuro, un liderazgo similar que le haga temblar el pulso y le imponga límites claros al gobierno de Perotti.

En estos once meses sin Miguel, Perotti «sacó» la ley de conectividad. Y tal como lo anticipamos hace más de un año, una de las empresas que se presenta para el más gordo de los negocios, es rafaelina. Y muchos dicen que Perotti forma parte de ella. Y su ministro más cercano – Corach- fue Gerente. Todos sabemos cómo va a terminar eso. Ya sé, van a decir que era la que ofreció mejores condiciones, que es el compre santafesino, en fin… Es un negocio de 124 millones de dólares. Que vamos a pagar nosotros, sin demasiados reparos.

Ninguno de los problemas que se le imputaban ligeramente a la herencia, han mejorado. Sino todo lo contrario: Santa Fe está peor que nunca en los niveles de inseguridad y despliegue territorial del Narcotráfico. Y para colmo, desde el área, se ocuparon dos años en espiar y perseguir a quienes se oponian, para dejar en claro que las consecuencias de cualquier acción que limitara a la nueva gestión, se iba a tener correlatos en carpetazos, al estilo Stuisso.

A pesar de todos los esfuerzos que hicieron y hacen, los legisladores socialistas, radicales y de otros partidos, empezaron a moverse con cierta autonomía. No hay una figura que concentre las voluntades de todos, y en el horizonte se encuentra la elección a gobernador del año que viene, que no deja mucho lugar a los acuerdos que no vayan en esa dirección. Algunos egos le ganaron al objetivo colectivos, y algunos otros, todavía no terminan de entender cual es el mapa que deben seguir, con el riesgo latente de renovarle la gobernación, con todo lo que ello implica, a un sucesor elegido por le propio Perotti.

Santa Fe todavía no reacciona adecuadamente a las consecuencias de su peor tragedia política: la muerte inesperada del único dirigente que garantizaba ( a fuerza de votos y representación pública, claro) la unidad y la continuidad de un Frente único. Algunos hacen esfuerzos en esa dirección, pero habrá que ver cuales es la suerte y si en ella, se evitan fraccionamientos que le regalen al peronismo, una nueva oportunidad.

A once meses de su muerte, la historia se cuenta así: Santa Fe, DM. La que nadie imaginaba: la provincia después de Miguel Lifschitz. Una muerte que como dijimos apenas se conoció la noticia, es mucho más que la muerte de un hombre.

Es la muerte de un líder. Justo en estos tiempos, donde escasean. Y Santa Fe, lo tenía.

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