La doble vara es un deporte nacional. La «grieta» ha generado aseveraciones absurdas como que el «Kirchnerismo es Venezuela» o que el «Macrismo es la dictadura». Ni una cosa ni la otra se pueden sostener, con un mínimo de información en la mano. La pasión política, ya se trate de amores u odios fanatizados, nos pone ante esas afirmaciones, que al final cumplen con un objetivo: La verdad termina siendo secundaria, y como en el viejo cuento del pastorcito mentiroso, cuando nos enfrentamos a situaciones verdaderamente graves, nadie se termina preocupando de verdad.

El intento de crimen de Cristina Kirchner es un caso patente. Más de la mitad de los argentinos no creen que haya sucedido, o peor: a más de la mitad de los argentinos no les importa que alguien haya llegado a tres centímetros de la cabeza de la vicepresidenta y que la bala no haya salido. Ni verlo en cámara lenta le devuelve la credibilidad a quienes han decidido, de un lado o del otro, sólo ver la parte de la verdad que quieren ver.

Con este asunto del espionaje montado por el exministro Marcelo Saín en la provincia de Santa Fe, ocurre una cosa parecida: todos estamos escuchando los audios que recibieron los querellantes de la causa, y algunos siguen diciendo que eso no existió.

Todos escuchamos a Saín decirles a sus colaboradores que el gobernador le pidió que le armaran una causa al empresario de medios Nahuel Caputto o que se dedicaran a «San Lorenzo»- en obvia referencia a la causa del «juego ilegal», que sólo avanzó en esa dirección, y contra los adversarios internos de Perotti y no en la que correspondía, por mayor caudal de pruebas y vínculos políticos, que tenía sede en Rafaela.

Todos escuchamos a Saín decir que el gobernador le pidió que se reuniera con «Perona», el Zar del juego ilegal de Rafaela, y que el mismo gobernador le confesó haberse reunido una hora con él.

Todos escuchamos al secretario de Justicia de la Provincia, Gabriel Somaglia, reconocerle a Saín que consiguió antedatar algunas escuchas ilegales para blanquearlas, y para eso, se sirvió de la acción delictiva de un magistrado.

Todos escuchamos a Saín pedirles a sus colaboradores que juntaran desde el Ministerio de Seguridad, y el MPA, material para vincular al exministro Maximiliano Pullaro con el narcotraficante Druetta.

Y todos, escuchamos cómo dos empleadas de Saín, en ambos lados del mostrador, reconocen estar rompiendo pruebas mientras se esperaba el allanamiento a la sede del Ministerio de Seguridad en Rosario, y a la otra, celebrar «lo que hacemos con los celulares», en obvia referencia a la intervención ilegal que hacían de los mismos desde el MPA.

Todos escuchamos eso y seguiremos escuchando un montón de cosas más que seguirán saliendo de los 8 teras de información que llevaban los teléfonos incautados a los colaboradores de Saín.

Prueba obtenida lícitamente, con orden judicial y en medio de una pesquisa judicial legal.

A Marcelo Saín, vale recordarlo, lo obligaron a renunciar al Ministerio porque intentó- esa es la caratula- estafar al estado santafesino por más de 15 millones de dólares, en una licitación fraguada para beneficiar a una empresa israelí, en contra de la argentina Bersa. Lo dicen los fiscales, por eso lo imputaron y lo embargaron.

A Saín, además, se lo investiga por sobreprecios en al menos dos compras: camionetas y motos para la policía de Santa Fe.

Todo lo que hizo Saín, estuvo bendecido por acción o grave omisión, por el gobernador Omar Perotti, y todo, al menos lo referido a la intervención ilegal en la vida de las personas, ya sea solamente para escucharlas y con esa información condicionarlas, o directamente para involucrarlas en delitos que no cometieron, persiguieron objetivos que violaron los derechos humanos de esas personas.

Todo, además, en clara violación a la división de poderes y a sus independencias.

Pasaron dos días desde que se conocieron los audios, y hasta ahora, ni el gobernador ni su secretario de Justicia, salieron a repudiar los hechos ventilados. Frente a eso, decenas de comunicados de organizaciones de profesionales, partidos políticos, legisladores, y organismos nacionales de defensa de la libertad de expresión, salieron a exigir explicaciones.

Apenas respondieron con una «separación preventiva» del Concejo de la Magistratura del secretario de Justicia, sin dar demasiadas explicaciones. Como si las razones de esa separación no tuvieran la gravedad suficiente como para pedirle la renuncia inmediata.

Lo ruinoso del silencio oficial, es que confirma todo. Y la falta de reacción desde la dirigencia oficialista, termina demostrando que, para algunos, las acciones que implican la violación de los derechos humanos, sólo importan cuando las víctimas son «del palo», sino no importan.

Saín arrasó con la salud de una institucionalidad que, en Santa Fe, a pesar de todos los defectos que se quieran, permitió desde el retorno a la democracia una convivencia impecable entre los tres poderes.

Una convivencia que se rompió a partir del 10 de diciembre de 2019, y que se fue deteriorando cada día más, a partir de los abusos, los maltratos y las extorsiones, de las que fuimos testigos todos los santafesinos, a la hora de debatir asuntos de interés público.

Alguna vez lo dijo el presidente de la Corte Suprema, Rafael Gutiérrez, de inocultable y estrecho vínculo con el peronismo: «Nunca en 40 años de actividad judicial vi una cosa así, tan tremenda»

Los fiscales, por un lado, y los legisladores por el otro, tiene la inmensa oportunidad de darle una lección ética a los santafesinos y a los argentinos: Ordenar la investigación a fondo de los hechos criminales, e iniciar un juicio político al mandatario que permitió este desastre.

Motivos hay, y de sobra. Denuncias también.

Reparar los daños, será una buena señal para una sociedad harta de la impunidad y de los acuerdos de silenciamiento.

Lo de Perotti, instrumentado por Saín se llama terrorismo de Estado. Usaron dos de los tres poderes para disciplinar a los contrincantes, y buscaron encarcelar a sus adversarios.

Con algunos lo consiguieron, con otros, por poco no.

Ahora debe ser la democracia, con sus mecanismos constituyentes, la que repare los daños, sin especulaciones. Porque lo escuchamos todos. A pesar de que algunos no lo crean, porque en este país, han destrozado a la verdad.

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