Un Estado que persigue a sus ciudadanos, los mata, los tortura o los detiene por su manera de pensar, es un Estado que viola los DDHH, ¿No? La frustrada visita del presidente (y violador serial de los derechos humanos) venezolano al país, despertó un debate revelador: para un buen grupo de argentinos, que curiosamente se dicen enfrentados, no valen lo mismo las vidas ni las integridades de las personas que soportan el abuso estatal, si los gobiernos responden a esquemas diferentes.

En apenas 15 días, la preocupación por los derechos humanos de los dos sectores más extremos de las principales coaliciones políticas del país demostró la selectividad con la que los miran.

Los muertos parecen no morir para quienes defienden a Maduro o a Ortega, como lideres revolucionarios, en Nicaragua o Venezuela.

Los muertos qataríes tampoco parecen morir, para los que repudian la visita de los dictadores mencionados, pero celebran los «estrechos y privilegiados» vínculos de Mauricio Macri con el Emir Sheik Tamin bin Hamad Al Thani, a quien recibió el día de reyes en su casa de Bariloche.

«Es una visita privada» dicen los macristas, como si las relaciones con asesinos pudieran dividirse de acuerdo con el círculo al que pertenezcan. Igual, no está de más recordar que siendo presidente, Macri también recibió al Sheik, el 5 de octubre de 2018.

Los dictadores son dictadores, más allá de los gustos personales por los modelos económicos y políticos.

Qatar es Qatar. Para los argentinos será por siempre el lugar donde Lionel Messi consiguió, por fin, alzarse con la Copa del Mundo. Pero Qatar antes, durante y ahora, después del mundial, sigue siendo una dictadura. No lo digo yo, lo dicen los informes de Amnesty Internacional. El informe elaborado por Amnistía Internacional días antes del arranque del Mundial también pone de manifiesto “la aplicación de legislación abusiva para silenciar voces críticas” en el país. Y ponen de ejemplo el caso del vigilante de seguridad, bloguero y activista keniano de derechos de los trabajadores migrantes, Malcolm Bidali, “a quien recluyeron durante un mes en régimen de aislamiento y negaron el acceso a asistencia letrada”.

Venezuela también es una dictadura, aunque formalmente se reconozca como republicana. No me lo contaron, lo vi con mis ojos en 2019. Vi a los grupos motorizados paramilitares de Maduro, saliendo de «caceria» en el atardecer caraqueño. Escuché testimonios de personas que buscaban a sus familiares o reclamaban por la libertad de estos en las cárceles ilegales que tiene a cargo el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) , uno de los cuerpos represores más activos en la detención y custodia de rivales políticos del presidente Nicolás Maduro, pese a que en teoría su labor es “la neutralización de amenazas reales o potenciales para el Estado Venezolano»

Uno puede admitir el silencio «especulativo» de los dirigentes de Estado, si en ese silencio están en juego los intereses del país. Es una situación miserable, si, pero las inversiones internacionales son una de las pocas maneras que tiene este país para salir del pozo profundo. Y es «comprensible» que se pongan los intereses nacionales por encima de la trágica situación de humanos en otros países. Pero si se callan con los cataríes, porque «prometen inversiones», también se deben callar con Maduro. Y viceversa.

La hipocresía de erigirse como «defensores de los derechos republicanos» de manera selectiva, derriba cualquier pretensión de seriedad en los planteos. Maduro es un asesino, y lo comparto. Con Macri, con Bullrich y con cualquiera que lo exprese de manera honesta y sincera. Pero no me puedo quedar en silencio, si los veo (casi al mismo tiempo) celebrando a otros dictadores.

Uno de los principales problemas de la clase dirigente argentina es su escasa profundidad a la hora de sostener valores. El kirchnerismo es un festival de contradicciones, claro. Pero desde algunos sectores de JXC, hacen exactamente lo mismo: te corren con el discurso, y en los hechos, terminan avalando los horrores.

Si vamos a repudiar a Maduro, por lo menos no recibamos al Sheik. Si vamos a repudiar al Sheik, no recibamos con honores a los dictadores latinoamericanos, aunque eleven «versos progresistas»

Los valores «republicanos» son, por sobre todas las cosas, los pilares que defienden la libertad de los hombres y las mujeres, sin distinción de raza, ideologías, sexualidad o religión. Y se defienden plenamente, no de manera parcial y de acuerdo con las conveniencias de cada sector.

Un asesino es un asesino. Un dictador es un dictador. Y un demócrata no admite relativizaciones sobre ellos. Y si las admite, lamentablemente, las admite sobre todos.

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