Israel, lugar al que no viajé nunca ( primero por ignorancia, y luego por imposibilidades) es un país muy parecido al pais en el que me gustaría vivir. Y no hablo de sus políticas exteriores, ni de sus dirigentes políticos, ni de sus orígenes religiosos. Es un país donde muchos conocidos, han podido cumplir el sueño de llevar una vida «normal» con expectativas de crecimiento. Individual y familiar. Lo sé porque allí viven decenas de amigos, dos primos hermanos, y porque de manera alternada, viajan muchos otros, para visitar a sus hijos y amigos.

La acción terrorista del sábado fue contra los habitantes de ese país. El de mis primos y amigos. La acción de HAMAS, y no de Palestina, es propia de quienes han dejado de prestarle valor a la vida humana. No sólo son capaces de decapitar a 40 niños, asesinar masivamente y como ratas a quienes estaban indefensos bailando en el desierto, o secuestrar ancianos, o violar mujeres al lado del cadaver de su pareja asesinada, sino que desprecian la vida de sus propios hijos, que serán- seguramente- masacrados en la réplica del Estado de Israel, sobre la pequeña Franja de Gaza.

No salgo de la conmoción, porque los he escuchado relatando ese horror, porque me llegan imágenes y porque muchos de mis seres queridos todavía rastrean a sus amigos desaparecidos desde el sábado o peor: buscan los cuerpos para darles humana y respetuosa sepultura. No puedo no sentirme unido al espanto de decenas de personas conocidas que esperan noticias de sus amigos y familiares.

A diferencia de Israel, no tengo ninguna relación con Palestina. Eso no significa que no exija que se respeten los derechos del pueblo palestino y que se ponga límite a la matanza de personas inocentes. Pero me resulta imposible sentir lo mismo: En un lugar tengo afectos y en otro no. En un lugar, viven como a mi me gusta o me gustaría vivir, y del otro lado no.

No le niego ningún derecho a Palestina. Pero no puedo justificar la cacería del sábado, en nombre de ningún interés superior.

Voy a evitar cualquier referencia al conflicto Palestino – Israelí. Carezco de los conocimientos necesarios para poder opinar con objetividad, soy de una generación que creció enojada con el sionismo, y me encuentro, del mismo modo, dentro de las mayorías que con el tiempo, fuimos entendiendo el valor de ese Estado, para millones de seres humanos en toda la tierra.

Nunca entenderé la «propiedad» de la tierra por «razas» ni por religiones. Creo, con la ignorancia que anticipé, que los paises son la consecuencia del paso del tiempo bajo algunos acuerdos comunes. No entiendo demasiado de cuestiones sagradas. No llevo conmigo ninguna creencia particular, aunque a veces sospecho ( por pura esperanza) que detrás de las maravillas del mundo puede esconderse una divinidad. No lo sé, no puedo probarlo ni negarlo.

Tambien me ocurre en estas circunstancias, que hay razones para no creer en la divinidad. O aún más: ¿ Cómo sería posible que los dioses, cualquiera de los mencionados en boca de los pueblos enfrentandos, no impongan la paz y la racionalidad?

No adhiero al concepto de patria, si para eso- en pleno siglo XXI- debamos asumir que hay que matar al semejante para concebirla.

La patria, cualquier patria, es el lugar donde los niños pueden desarrollar sus expectativas sociales, donde las sociedades avanzan en objetivos comunes, y donde la vida de las personas, de cualquier nivel social, pueden aspirar cada día a vivir mejor. A superarse. Israel es, entonces, una patria para millones.

En mis 55 años de vida, vi desde lejos , crecer a un país democrático, con desarrollo humano. Y del otro lado, vi sólo la sucesión de lideres y la radicalización de sus odios, la multiplicación de los grupos terroristas abrazados al Islam, mientras la gente vive cada día peor.

Ahí también tengo una gran diferencia de mirada: Los países- le cabe a Argentina- no son solamente victimas de las acciones externas ( Palestina claramente lo es, no lo niego ni lo desconozco ) sino también, victimas de sus propias incapacidades. Los paises árabes- los que conozco- eligen también vivir aferrados a sus valores. Y esos valores, guste o no, implican subdesarrollo constante, disvalor de la vida humana, y una fuerte y constante desigualdad social. Entre ricos y pobres, entre hombres y mujeres, entre quienes creen y quienes no creen.

Israel es, para mi, un lugar repleto de identidades palpables. No hay para mi razones religiosas, ni reconocimientos más allá de los que impuso e impone la ONU, o la coyuntura política mundial. Esas son las reglas, las únicas reglas que admito como hombre de derecho, por injustas e insuficientes que sean: son las reglas del triunfo de las mayorías, que deben garantizarle los derechos a las minorias.

Israel es para mi, como tantos otros paises admirables, un lugar donde la condición humana parece, claro, puesta en valor. Y que ha recibido a lo largo de sus 75 años de historia como país, a millones de ciudadanos del mundo, para desarrollar una nación moderna. Lo explican sus logros generales, la calidad de vida de sus habitantes, y los aportes que le hace de manera sostenida a la ciencia.

No tengo peros en este desastre. Repudio con toda mi energía al terrorismo islámico, me abrazo al pueblo israelí sin condiciones, y si, reclamo la paz. Único estado posible para la superación humana.


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