En estas horas, en Santa Fe, hay una “guerra” de números que pretenden establecer ganadores y perdedores, de acuerdo a los recortes que les convengan a cada uno de los actores.
Que si, que el oficialismo ganó las elecciones si se toman en cuenta la cantidad de pueblos y ciudades. Y también, que perdió en la mayoría de las grandes ciudades de la provincia. Y si se pretende cuantificar y sumar lo incantificable, el gobierno sacó un poco más de votos que la primera oposición, pero menos que las dos fuerzas juntas que se le oponen.
¿Tiene importancia?
Es posible que les sirva para saciar necesidades fisiológicas urgentes a quienes deben responder por las estrategias adoptadas en campaña. Pero a nadie más. Es ego y proyección pura, que tiene el alcance de una caña voladora. Hace un poco de ruido, llama un ratito la atención, pero después todos se olvidan.
Porque vamos a lo único cierto: Los números fueron malos para todos, sin excepción.
Los resultados, como quieran tomarse, hablan de un nivel de fragmentación muy grande, con fuerte deterioro de la confianza sobre todos, y una fuga de voluntades hacia la nada.
No hay ganadores, si al final suman como mucho, el 15 por ciento de las voluntades generales. Con esos números no hay representación real, ni respaldo, ni rechazo explícito a nada ni a nadie.
A los demás, incluidos a los que nos abocamos a lo público, no nos parece importante. Menos cuando esos resultados no modifican nada, prácticamente nada, del estado de situación general.
Subirse al pony de una victoria ajustada, sobre un escenario de virtual abandono de la mayoría de los votantes, es pelearse por un asiento en primera fila mientras al teatro se le cae el techo.
Y termina siendo un espectáculo triste, inútil, cada vez más desconectado de las mayorías, más indiferente al funcionamiento de la vida cotidiana y una ajenidad preocupante.
La política, los dirigentes políticos de máxima responsabilidad, deben alejarse de los debates vacíos e inútiles, porque los distancia cada vez más de los ciudadanos comunes.
Estas discusiones, los agravios, las imputaciones desmesuradas, la ligereza en la crítica opositora y las acusaciones falsas, lejos de sumar voluntades, las espanta. Y van distanciando a los asuntos públicos de sus verdaderos dueños. Y los inquilinos, los que pasan , pasan cada vez más rápido. Y la paciencia es cada vez más corta.
En Santa Fe, como en el resto del país, la mayoría de los dirigentes ha perdido conexión con el colectivo al que le hablan. No tienen señal. Han perdido datos. Y los mensajes, aunque se emitan, quedan en ese misterioso espacio que está representado por un reloj dando vueltas.
Nadie, o prácticamente nadie, discute lo que hay que discutir en cada elección. En este caso, eran las ciudades, las políticas municipales, los asuntos de barrido y limpieza, la iluminación y los baches. Pero no. Ellos sólo saben hablar en general y lanzan consignas que bien podrían usarse para campañas sin ciudades.
¿A quien le hablan? ¿ Y que discuten cuando discuten los números electorales?
La dirigencia política, casi toda, parece no estar escuchando lo que pasa en las calles, en las mesas y en las cabezas de las mayorías cada vez más silenciosas, que no creen definitivamente que en estas partidas, se esté jugando algo que les vaya a cambiar la vida.
Lo que se percibe es enojo, malestar, desintegración y una gran confusión, que está generando es un proceso de aceleración hacia el caos.
Y a eso, lo frena la política. En el sentido del acuerdo, de las soluciones, de poner los esfuerzos en coincidir y en planificar. En reunirse para al menos tratar de no perder más tiempo. Salirse de las burbujas que los mantiene alejados de los reclamos y las protestas. Hablar y escuchar al que está esperando. Escuchar, mirar, eso, mirar al que desespera. No insistir con esta idea cada vez menos humana de “avanzar cueste lo que cueste” sobre caminos que están cada vez más empantanados.
La Reforma Constitucional, es una gran oportunidad, para todos los sectores que conforman la Asamblea, de mostrar que estén pensando en las cosas importantes. En aquellas cosas que de verdad van a hacer de esta provincia, una provincia más transparente, más democrática, con mejor acceso a la educación y a la salud. Que proteja al que trabaja y castigue al que especula.
De eso se trata. Y los dirigentes deben interpretar esos síntomas. Y si no lo hacen antes de las elecciones, como está ocurriendo, al menos deberían hacerlo después.
Asumiendo el estrepitoso rechazo general de las urnas; mirando hacia sus propias conductas y buscando en la autocrítica, la cuota parte que les toca en los daños ocasionados, antes de señalar a los demás.
Y finalmente, callando. Evitando la altisonancia y el ruido innecesario. Devolviendo un poco de calma. Ayudando a sacarnos de este aturdimiento general, que va rompiendo lo más importante.
Así que vamos, muchachos…¿ De verdad van a seguir intentando interpretar los números de este enorme fracaso?
Es de todos, les toca a todos. Sin excepciones.






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