Salven a la política, antes de que sea (muy) tarde

Un entrañable profesional de la medicina está furioso. Se acaba de enterar de que un grupo de personas vinculadas a la política, comen un asado multitudinario en una Estancia de la Costa santafesina. Su bronca no es puntual, es genérica. Y ya no distingue dirigentes, ni colores partidarios. «Los políticos- dice él- son una mierda. Comen y se juntan a almorzar para celebrar un aniversario de un pueblo en plena pandemia. Mientras ellos celebran y seguramente se contagian, los médicos se mueren de Coronavirus, los y las enfermeras se aíslan. Los hospitales carecen de recursos humanos, y el futuro es cada vez más negro, más angosto, más triste».

El médico está definitivamente distanciado de la política y no admite, pese a mi intento, diferenciar a unos de otros. Ni acepta el ejercicio de distinguir mayores o menores responsabilidades. Y entonces termina la breve charla, mandandome un «meme» de Mafalda, que Quino nunca hubiera autorizado.

Mafalda le dice al padre que hay que tirar a todos los políticos al mar, y el padre le responde que no, que la mierda flota.

MESSIS EN LA PLATEA,HEBER LUDUEÑAS EN LA CANCHA

La realidad es mucho más dificil de resolver de lo que uno puede creer o decir desde afuera. La gestión pública es un piso con terremotos permanentes. El siglo XXI nació con complejidades para las que los dirigentes de todo el mundo no estaban preparados, y la ausencia de dirigentes lúcidos y capacitados para moldear las nuevas herramientas políticas, demandará décadas.

«Los políticos», ese colectivo engañoso e injusto, no estaban preparados para la Pandemia, claro, pero tampoco para leer las nuevas fases del «capitalismo»- otro colectivo difuso- ni para justificar con solidez las ventajas que tiene la «democracia liberal» respecto de los regímenes autoritarios.

Las viejas clasificaciones ideológicas se fueron moviendo y amorfando. Ya no quedan en pie las soluciones del siglo XX, fundadas en bibliografías decimonónicas. Ya no sirven las explicaciones ortodoxas para realidades desconocidas. Ya no sirven el Manual Larousse, ni los dogmas simplistas de los líderes revolucionarios de otros siglos, de otros pueblos, de otras sociedades.

El advenimiento del populismo en los comienzos del siglo empeoró todo. Sencillamente porque instaló en el contexto del último viento de cola que recibimos en Latinoamérica una ficción: La idea del retorno a los liderazgos fuertes, viciados por una enorme corrupción que se autojustifica en los supuestos resultados redistributistas, acrecentaron las distancias entre sectores que tienen casi todo en común, y dividieron a sus poblaciones en facciones fanáticas que no conciben la realidad con el otro en vida.

Los resultados de todas las experiencias populistas del siglo XXI fueron malas. En algunos casos, como Venezuela, con fusilamientos diarios y un pueblo empobrecido como nunca en su historia. En los casos de paises con daños menores, como el nuestro, con la instalación de un discurso mágico que se alimenta legítimamente de los desastres que hicieron los supuestos gobiernos «de derecha» que los alternaron, los sucedieron o los antecedieron. El relato divide a la población en dos bloques repletos de incongruencias, que crecen sólo a base de reflejarse menos peores que el otro.

Lo que dejan los gobiernos, son situaciones difíciles de remontar. Y entonces los que vienen desperdician mucho tiempo y demasiada energía en vengar al antecesor, en perseguir y desarmar lo poco o mucho que se hizo, y en reinstalar una épica que ya no tiene chispa. Porque no modifica la realidad de la mayoría de la población.

Quienes por 4, 8 , 12 o 20 años han venido funcionando como críticos de la realidad y de los dirigentes, como si guardaran cualidades especiales para «cuando les toque», derraparon. No saben qué hacer, no saben. Y entonces aquellos Messis que protestaban desde la tribuna y prometian magia, se devuelven al espejo como lo que realmente eran: una mezcla de Heber Ludueñas, sin las mínimas reacciones para atrapar la pelota lanzada a velocidad al hueco. No tienen piernas, ni oxígeno, ni siquiera la sabiduría del jugador al borde del retiro que sabe correr caminando la cancha.

La desilusión es la consecuencia. Y no le pidan a la desilusión que troque en valores positivos. Los pueblos no quieren versos ni promesas de futuros mejores. Ya no aceptan Messis en la tribuna. Quieren resultados. Están hartos de ver cómo sus propios sueños se desmoronan sin que nadie tome una sola decisión a su favor.

QUE LA POLÍTICA SALVE A LA POLÍTICA

La crisis huele a terminal. Un viejo diablo, que sabe más por viejo que por sabio anticipa que la democracia está en peligro. Se rien de él, claro. Los que se rien son los que se alejaron de la calle y pasan la realidad encerrados en burbujas microclimáticas, donde no tocan el timbre los nuevos hambreados del «sistema».

Llamamos sistema a una cosa que dejó de funcionar hace un buen tiempo. Los sistemas, para serlos, tienen que estar en marcha. Y la sensación que hay en el país, como en muchos paises del mundo, claro, es que ni siquiera eso está pasando.

El sistema no funciona. Y las consecuencias son peores que la de los sistemas más injustos. Y encima, vino la Pandemia para dejarlo mucho más claro todavía: lo que era injusto es mucho más injusto. Lo que era malo, es aún más malo. Y lo que imaginábamos que era una solución, queda desnuda, y todos vamos asumiendo su insuficiencia, su incapacidad y su fantasía.

No hay respuestas para la realidad desde la política. Al menos en este punto del planeta. Y es la hora desesperada de hallarlas. Porque si no es desde la política, será desde la tesis novedosa de la sangre derramada, con un componente violento que no advertimos todavía, pero que empieza a aparecer desde los subsuelos, como tentáculos de malas películas de ficción.

«Enciende los candiles que los brujos piensan en volver» escribió Charly en los 80. Y si. En cuanto aparezca uno en serio, se acabó la fiesta.

La política debe reaccionar. Sus referentes tienen que entender que se acabó una era, que la nueva era demanda nuevas soluciones, y que mientras esas soluciones no aparecen como «modelos», como no aparece la vacuna contra el Covid, requiere de niveles de responsabilidades mayores. De acciones más nobles, de menos especulaciones sectoriales, y de un enorme sacrificio de los dirigentes a los que les toca gobernar: olvídense de sus futuros políticos, piensen en la sociedad. olvídense de las próximas elecciones y piensen en las próximas generaciones. Lo repetía un tal Binner, lo había aprendido de un chileno, un tal Lagos.

SI NO HAY SALIDA, HAY QUE INVENTARLA

Pocos son los que nos anticiparon el mundo, aún ignorando lo que el mundo nos traía. La idea anquilosada de la iluminación de los pueblos tras las tragedias, ha quedado demolida por la propia experiencia. El «Hombre Nuevo» que interpelaba desde las banderas revolucionarias, ha quedado sepultado por falta de compañía. Los líderes de izquierda insisten con la idea de que «alguna vez el obrero saldrá a las calles y tomará el poder, para hacer una sociedad más justa», parecen no entender una cosa elemental: ese obrero es un habitante del siglo XXI. Quiere confort, quiere domingos de asados y familias, quiere ir a la cancha, ver Netfilx sin temor a que se lo corten, y su única ilusión es saber que sus hijos tendrán chances de superarlos. Nada sencillo, claro.

Los «jóvenes» no son la remake de los 70. Sus preocupaciones son mucho más pequeñas, más resolubles y más prácticas. Las cabezas de los post- Millenials, viene repleta de sueños. Todos ellos, casi todos, ignorando a la política como herramienta. No es que no creen en la política, sencillamente no la conocieron. Los que tienen menos de 30 en Argentina, desconocen el poder transformador de la política, asimilaron las novedades del «sistema» casi como animalitos en la selva. No salieron a la calle a jugar siendo niños. Casi no caminan de noche solos. Escucharon balaceras aisladas. Las únicas organizaciones ilegales que conocen provienen del narcotráfico. Viven la sexualidad sin prejuicios, mayoritariamente ignoran a las religiones, y si nacieron del lado de los privilegios, saben que deben formarse para poder competir en un mundo que conocen hostil.

La política no les ofreció nada. Salvo carguitos en el Estado, y místicas vacías que de tan desactualizadas, se legitiman como «Vintage». La política no ha sido en el siglo XXI, nada por lo que merezca la pena vivir. Ni hablemos de morir.

Pero sigue siendo, al menos para mi, la única experiencia posible de salida. Si no nos asociamos, si no nos juntamos, no habrá riqueza que nos salve del rencor, del resentimiento y de la desconfianza.

No sé cual es, claro, pero la imagino. Hay que construir una puerta que nos conduzca hacia una sociedad menos violenta, más equilibrada, con gestos que se multipliquen en el resto de la sociedad.

No será repitiendo lo que hicimos en el pasado, porque no dió resultados y ahora es mucho más dificil. En Argentina, los dirigentes, empezando por los que gobiernan, deben entender que no son salvadores de nadie, ni serán capaces en el tiempo de disfrutar nada de lo que se propongan honestamente.

Hay que reconstruir lo elemental: que los ciudadanos encuentren en los Estados, que transitoriamente son gobiernos, las respuestas mínimas a sus necesidades: sistemas de salud adecuados, políticas públicas a largo plazo de inclusión, garantías elementales de libertades individuales y colectivas. Procesos de negociación política adulta. Con dirigentes que bajen el tenor de sus dogmas inexistentes y no le tengan miedo a la fusión temporaria con quienes piensan diferente.

Nadie entiende cuando les hablan de lo macro, porque lo macro sólo es posible de observar desde la tranquilidad. No desde la angustia de la supervivencia

Llamale pactos, llamale acuerdos, llamale armisticios. Llamale como quieras.

Demanda imaginación, generosidad, sensibilidad y mucha conexión con el de abajo, el de la calle.

Los políticos que no lo entiendan, deberían pensar en hacer otros negocios. Dedicarse a atender sus Off-Shore, sus cadenas de hoteles, sus negocios infundados, y darle paso a los que de verdad persiguen objetivos más o menos nobles.

Nadie, sobrevivirá al daño que nos trajo el siglo. Nadie sabrá si pasará a la historia como bueno o malo, porque lamentablemente a eso no lo sabremos, hasta que la memoria colectiva lo decida.

Lo que sí sabemos, y es indispensable hacer con urgencia, es que se acabó un tiempo precioso que desperdiciamos . Que no aprovechamos los vientos a favor, y que convertidos en tormentas furiosas, hoy nos soplan en contra.

A juntarse. Con menos prejuicios y más juicios. Con menos banderas y cuadros de dirigentes muertos en todos los sentidos. Con más respeto por el que propone, con mucho más oídos que bocas. Con más ambiciones de bronce que de oro.

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