Las desdichas, los reveses, las impotencias te malhumoran y te condenan a los rincones de un Lobo Estepario. Así me he sentido en los últimos años, como el personaje de Hesse que leímos en la adolescencia. Un entrañable amigo -casi virtual- me dijo hace unos años, en los solitarios comienzos de REC, que mi actitud frente a la realidad le hacía acordar a aquella criatura mitad lobo, mitad hombre, hundida y desgreñada, en un mundo cuyos objetivos no compartía.

Algo de eso hubo, claro. Y hay. Haberme asumido como voz disonante en el silencio del oficialismo santafesino, me empujó al rincón de los indeseables, de los «locos», de los «no confiables» para un sistema que funciona de manera muy aceitada por los intereses, las conveniencias, y el silencio comprado o atado al miedo constante.

A diferencia de otros años, probablemente porque está transcurriendo el cuarto año de esta «veda» ordenada desde un despacho gubernamental y cumplido a rajatabla por la gran mayoría de las empresas mediáticas de la ciudad, tengo sensaciones diferentes, frente a este «Día del Periodista»

Y lejos, muy lejos de cualquiera de esos lugares comunes que pone al periodismo en un lugar «sagrado», elijo reivindicar al oficio. A los que amamos el oficio. A los que todavía, frente a un hecho o una documentación, sentimos ese calor intenso que nos quema los dedos, nos multiplica la curiosidad, nos da el vértigo que implica correr riesgos, emocionarse, y si, sentir que el trabajo que hacemos rompe un poco las paredes, corta los alambrados, desata las dudas, y salpica con colores, el artificial paño blanco de silencios comprados por la pauta y por el terror a perderla.

Si algo me hace sentir orgullo, es la devolución diaria de un montón de gente que nos reconoce en ese lugar: Nos convertimos en el ruido que rompe. En la piedrita que incomoda en los zapatos del funcionario impune. En la astilla que pincha el dedo del que firma una resolución que esconde corrupción. En la vergüenza de quien no publica lo que debe publicar.

Jodimos, jodemos a los que no quieren ser molestados en su bochornoso accionar. Echamos luz donde habita la oscuridad.

Y nos equivocamos, claro, mucho. Porque el ejercicio de este oficio es profundamente humano. Y en esa humanidad, hay desbordes emocionales y decisiones equivocadas. Pero si en ellas hubo honestidad, alcanzan con las disculpas. Esas que nunca dudamos en pedir, cuando hace falta.

En una ciudad y una provincia, regadas por sangre delictiva y muchos delitos sin sangre, decir algunas cosas sobre el gobernador, su vice, los ministros, los dirigentes sindicales, los jefes policiales, o algunos empresarios socios de los saqueos, es como pegar patadas suaves a la mesa donde se erige el yenga. Todos los días. De manera constante. Sin rendirse. Sin dejarse tentar por las invitaciones inmorales. Sin dejarse intimidar por las amenazas y las inspecciones.

Hacer periodismo es un trabajo como cualquiera. Lo que no es para cualquiera es hacerlo con pasión. Y nosotros somos apasionados de nuestro oficio. Esa, quizás, sea la única gran diferencia con algunos otros.

Cuando el dinero es más importante que esa pasión, se trata de un comercio.

Cuando el miedo es más fuerte que esa pasión, se trata de cobardía.

Cuando la comodidad del lugar ganado es más es fuerte que esa pasión, se trata de desapasión.

Cuando el empleo y los horarios son más fuertes que esa pasión, se trata de oficinistas.

Cuando las excusas reglamentarias pueden más que esa pasión, es burocracia.

Si cada mañana, si los sábados y los domingos, y los feriados, te suena el teléfono y te llega información, y te doblan las ganas de correr a la PC, de contar la historia, de salir al aire a contárselo al mundo, entonces es pasión. Y es periodismo.

Ya no me siento el Lobo Estepario. Me siento parte de una comunidad que encontró en nosotros una válvula de escape, pequeña, pero que consigue quitar la presión que sobra. Ventilar la bronca que se acumula, y generar la sensación tan necesaria de sentir que alguien, al menos alguien, visibiliza y entiende los problemas que tienen los desesperados que nos llaman y nos piden ayuda.

Este será, espero con ansiedad ese día, el último día del periodista en la oscuridad. Fuera de las planillas de la pauta oficial.

El último día con el nombre tachado en las listas de invitados a los cocktailes . Igual no iré, como no fui a ninguno en estos cuatro años. Porque no hay nada que celebrar colectivamente, nada.

El periodismo, lo aprendí, es un espacio de soledad profunda, a veces asociada a otras soledades.

No hay colectivos periodísticos. Hay intereses colectivos de periodistas, y yo, como tantos otros, seguramente los tendré. Pero no se reflejan en ninguna de las organizaciones que dicen representarnos, en la ciudad y la provincia.

Este miércoles brindaré con algo de alivio. Fue un viaje durísimo, a prueba de todas las rendiciones, que está a punto de terminar. Pero a la vez, será el recuerdo de la etapa más rica y excitante que recordemos en nuestra historia. En la «profesional» y en la personal. Una etapa que sirvió para purgar, para saber quienes están y quienes no, en los momentos que hacen falta. Para aprender a distinguir entre lo importante y lo que sobra.

Este 7 de junio, pediré que comience otra etapa de este viaje maravilloso que es el oficio periodistico; y ojalá que venga con menos violencia de oleaje para nuestra embarcación, pero que siga viniendo repleto de asuntos que nos ardan en los dedos, para seguir haciendo esto que amamos.


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