El presidente Javier Milei no encontró mejor manera de celebrar un fallo judicial —cuestionable tanto en lo jurídico como en lo procesal— que prometerles “la hoguera” a los periodistas que investigaron el caso Libra.
La resolución puede discutirse en los tribunales. También puede dañar la confianza pública en un sistema que carga con una larga historia de fallos percibidos como favorables a quienes ejercen el poder. Pero hubo algo más grave que la celebración del principal beneficiado: su amenaza contra quienes investigaron el caso, sin aclaraciones ni matices.
¿Ignorancia histórica o instinto autoritario? Sea cual fuere la respuesta, la frase cruza un límite. No es compatible con el respeto a la libertad de prensa ni con las reglas básicas de una democracia.
Si Milei considera que se dañó su honor, tiene derecho a iniciar las acciones judiciales que crea pertinentes y a reclamar una reparación. Lo que no puede hacer un presidente es responder a una investigación periodística con una amenaza que evoca la eliminación del disidente.
La hoguera no es una metáfora inocente. Durante siglos fue una herramienta de castigo y de disciplinamiento. Desde la persecución de personas acusadas de herejía hasta la caza de brujas, el fuego sirvió para exhibir el poder de quienes decidían qué ideas podían circular y cuáles debían desaparecer.
Juana de Arco fue condenada por un tribunal eclesiástico y ejecutada en la hoguera en 1431. Se la acusó de herejía, entre otros motivos, por sus visiones y por negarse a someterlas a la autoridad de la Iglesia. También pesaron en su contra el uso de vestimentas masculinas y su papel político y militar. Su muerte terminó convirtiéndola en un símbolo universal de persecución.
Giordano Bruno fue quemado en Roma en 1600, condenado por la Inquisición. Sus ideas sobre un universo infinito y la existencia de otros mundos formaron parte de su legado, aunque su proceso no puede reducirse únicamente a la defensa del heliocentrismo. Con el tiempo, su figura quedó asociada a la libertad de pensamiento frente al dogmatismo.
En Salem, en 1692, las acusaciones de brujería desataron una ola de persecuciones en Massachusetts. La mayoría de las personas ejecutadas murió en la horca, no en la hoguera. Aun así, el episodio representa la fuerza devastadora de la paranoia colectiva cuando el poder político y religioso convierte la sospecha en condena.
También está la llamada “hoguera de las vanidades”, organizada en Florencia por el fraile Girolamo Savonarola el 7 de febrero de 1497. En una gran pira se quemaron objetos considerados inmorales o frívolos: cosméticos, ropa lujosa, instrumentos musicales, naipes y obras de arte. Savonarola denunció el lujo y la corrupción de su época; poco después, tras enfrentarse al papa Alejandro VI, fue arrestado, torturado y ejecutado. También él terminó en la hoguera.
Mucho después, los regímenes totalitarios volvieron a usar el fuego como símbolo y como método: quemaron libros, obras y objetos que representaban ideas consideradas peligrosas. El nazismo y las dictaduras latinoamericanas de los años setenta dejaron claro que perseguir el pensamiento empieza, muchas veces, por señalar a quienes lo expresan.
Por eso, invocar “la hoguera” contra periodistas no es un exabrupto menor ni una ocurrencia pintoresca. En términos políticos, remite a la censura y al control ideológico: a la pretensión de destruir las ideas que incomodan y de expulsar del espacio público a quienes las sostienen.
Y si se presenta como metáfora, el mensaje no mejora. La hoguera convoca la imagen de un enemigo al que se puede eliminar, de una sociedad que debe “purificarse” de quienes no se alinean con la ideología dominante. Es la lógica de la intolerancia: negar derechos al adversario y convertir la diferencia en una amenaza.
La hoguera no es una consigna de libertad. Es la reivindicación —explícita o no— de los métodos con los que el poder intentó silenciar a sus críticos.





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